lunes, 19 de noviembre de 2007

El frío me ha dejado helado (cuenta)

Hace un par de días que llegó el frío pero a diferencia de otros años su llegada no ha supuesto nada especial. En otros tiempos los primeros fríos me llenaban de alegría, pero, hoy, además de helado solo me he sentido indiferente. Casi decepcionado. Soy de esas personas (antes raras pero ahora cada vez más comunes) que abominan del calor, por mínimo que sea. El frío me alegra el ánimo, me da ideas y con ellas las ganas de ponerlas en práctica. Diría que casi me entusiasma si no fuera porque a mi edad ya hay muy pocas cosas que me entusiasmen realmente. Y también da alas a mi sentido del humor. De todos modos y para ser sincero también es verdad que ese sentido lo tengo siempre en una especie de duermevela. En stand by.

La cuestión es que con el advenimiento de los primeros fríos no se me ha alegrado el día. Aunque a decir verdad tampoco es que haya sufrido el efecto contrario, para qué engañarse, pero es que yo siempre aguardo el frío con cierta expectación y me ha sorprendido comprobar que en esta ocasión no he notado el cambio como solía. Quizá esto se explique porque ya no hacía calor y esa circunstancia me producía un bienestar ajeno a la costumbre. Una suerte de bienestar forastero, diría yo; por desacostumbrado. Calor en noviembre, sí. Bueno, en realidad de lo que se trata es de la ausencia de frío. ¿Es que ya nadie se acuerda de aquellas castañadas en mangas de camisa? ¿Ya hemos olvidado aquellas navidades con el abrigo en el brazo? Hace un par de años, por Bilbao y en plenas fiestas navideñas podías pasear a cualquier hora del día con un simple jersey y sin temor a un resfriado. La mayoría de la gente andaba contentísima y yo, sin embargo, iba más bien mosqueado. Mierda de tiempo, pensaba. Y es que ni hacía frío ni llovía. Era raro ver a todo el mundo paseando como si fuera un día cualquiera de septiembre, por calles iluminadas y salpicadas de árboles cargados de bolas de colores y papás noel por todos lados, yendo de tienda en tienda a cual más acicalada, de bar en bar... Era raro. Y lo mismo puedo decir de Londres el pasado año y por la misma época. Los abrigos estaban de más; tanto que más que una ayuda eran una carga. Las chicas paseaban mostrando sus ombligos, como en verano. Y los chavales en camiseta. Sobra insistir en que todo aquello era muy raro. Sin embargo allí si que llovió un poco, lo suficiente para normalizar algo el estado de cosas.

Pues bien, era precisamente por la extrañeza de la situación y por su persistencia año tras año, por lo que yo acogía con alegría el cambio. Pero como he dicho antes, este año el frío solo me ha dejado helado. De golpe y porrazo se ha presentado la normalidad; se ha atrevido a salir del agujero en el que se esconde desde hace tiempo. Ha vuelto la cordura otoñal y yo con estos pelos. Y nada. Debería estar más contento que de costumbre, pero nada. Yo lo achaco a la edad, a mi edad, claro. Bueno, a la edad y a que no llueve, que esa es otra, porque la conjunción perfecta es el día lluvioso y frío. ¿Cuándo fue la última vez que tuvimos un día frío y lluvioso? Ya ni me acuerdo. Quizá no haga tanto tiempo, pero, fíjate, yo pienso en ello y no puedo evitar remontarme a mi infancia. Por supuesto que todo esto es algo inconsciente porque seguro que el pasado invierno vivimos alguno de esos días. Y el anterior; y el otro. La edad. Seguro que es la edad. No es que me sienta viejo, no. Los que envejecen son mis recuerdos y a medida que envejecen se manifiestan con más nitidez. Cuanto más alejados en el tiempo más claros resultan sus perfiles. Por el contrario, el pasado reciente se desdibuja como tapado por una cortina de humo. Yo creo que el bueno de Einstein nos enredó un poco a todos. En realidad la teoría de la relatividad no es más que el sueño de un genio desmemoriado.

miércoles, 7 de noviembre de 2007

Avatares cafeteros (cuenta)

Hay días en que las cosas se tuercen desde bien temprano. Ayer, por ejemplo, encontré mi bar favorito cerrado a cal y canto, y a las ocho de la mañana -con seis grados de temperatura, seis- no me quedó más remedio que iniciar un improvisado peregrinaje al encuentro de otro bar donde poder tomar un café con leche en condiciones, es decir, caliente y que sepa a café. Qué fastidio. Con lo difícil que es encontrar hoy día un establecimiento donde sirvan un café como dios manda. Y digo esto aun sabiendo que el café del Rex tampoco pasa de regular, que conste. Pero es que el Rex es de los pocos lugares donde te puedes tomar el café sin que el vecino de mesa te atosigue con la peste y el humo de su cigarrillo. O la vecina, ya que lo más normal últimamente es que sea una vecina de mesa, la que apeste.

Y es que la cosa es bastante más complicada de lo que a primera vista pudiera parecer, porque, en estos tiempos que corren, cuando te sirven caliente el café con leche lo corriente es que no sepa a café sino a rayos y cuando sabe a café, ay, te lo ponen tibio, invariablemente. No hay manera chico. Ni siquiera existe la posibilidad del punto medio. Pero eso no es lo peor ni mucho menos. El colmo del despropósito cafetero, el delito diría yo, es el café con leche tibio y con un dedo -cuando no más- de espuma por encima. ¡Que asco! Lo mueves y lo remueves con la esperanza de que esa inmundicia espumosa desaparezca o disminuya algo cuando menos, y aun así y antes de que el brebaje llegue a tu boca, no te queda más remedio que tragarte por bigotes un sorbo de esa porquería suplementaria en forma de espuma de leche. Huumm, repugnante. Y cuando por fin tus labios tocan el café después de echar hacia atrás la cabeza a veces hasta lo indecible por lo hondo que queda el maldito, lo encuentras tibio. Aaag. Cuesta un poco encontrar un lugar adecuado, la verdad; y cada vez más. Es desesperante. Y cuando lo encuentras van y te lo cierran por reformas justo cuando ya te habías acostumbrado a los camareros y los camareros ya se habían acostumbrado a ti. No sé donde iremos a parar con tanto descomedimiento. No lo sé.

El problema de la espuma merece ser estudiado a fondo. Creo, por la gravedad del asunto, por su trascendencia, que hasta merecería la atención de algún doctorando en sociología. Sí; estoy plenamente convencido de que hay que dedicarle una tesis a esta espinosa cuestión. Por lo menos una tesis. Y pronto.

Echo la vista atrás y me invade la nostalgia. Y es que, cuando lo pienso... Hace unos años, algún barman avispado comprobó que añadiendo un poquito de espuma al café con leche, a imagen y semejanza de lo que hacen en Italia con los capuchinos, le quedaba un cafelito de lo más apañado. Aquel individuo no descubrió la sopa de ajo pero tuvo la ocasión de experimentar el éxito cafetero en sus carnes. Supo, lo que era eso. Obtuvo un producto resultón; el boca a boca funcionando y la cafetería llena. ¿Qué más podía desear? El aditamento no podía sustituir la espumita del café bien hecho, eso por supuesto, pero ejecutada la artimaña con moderación contribuía a realzar la cremita propia del café. Muy bien. El resultado era interesante, arregladito, y en lo esencial no desvirtuaba el café con leche. El secreto estaba en añadir solo un poquito, lo necesario para conseguir ese efecto-crema que tanto parece gustar a la gente.

¡Pero no! Como todo el mundo sabe el éxito de uno es la envidia de muchos. A partir de aquí y con la progresiva extensión de esta oprobiosa práctica, aumentada y corregida a manos de insensatos, de delincuentes diría yo, surgió el disparate, el fin del mundo, el armagedón cafetero, el rien ne va plus espumero. Y no; no exagero lo más mínimo. No tengo la menor duda de que la pérdida, el dispendio cultural que ha supuesto tal innovación y su grosera y criminal generalización será objeto de estudio por los antropólogos del mañana. Incluso por los criminólogos. La extinción del buen café con leche será abordada como la del león del atlas. El Discovery Channel hará documentales que servirán de fondo perfecto para echar la siesta, tal y como ahora consiguen con sus documentales sobre los pingüinos patagónicos, los ñus del Serengueti o los monjes tibetanos.

Ahora, en lugar de un café con leche te sirven una mousse con fondo -poco, además- de café con leche. Y además tibia, ¡jódete! Y no te libras ni en el Rex, aunque aquí cuando te conocen te sirven el café como tú quieres y no al gusto del barman o del descerebrado de turno. Al gusto del camarero, mejor dicho. Rectifico: de la camarera.

Ayer, por narices, claro, no me quedó más remedio que entrar en otro lugar -omitiré el nombre por pudor- y ponerme en manos de la providencia. Con humildad no exenta de determinación solicité un café con leche, por favor, con la leche bien caliente, gracias. Y un croissant, por supuesto. Y claro, me sirvieron un brebaje de los que ahora se llevan. La taza, más bien pequeña, contenía un café con leche postmoderno, con su dedito de espumita por encima, blanca, blanquísima, con un borde marrón alrededor y un toquecito en el centro; muy bonito la verdad. ¿Y el croissant? Pues pequeño y seco, de los que no se hunden al presionar sino que se rompen en mil miguitas aplanadas que se quedan enganchadas a los dedos y se escampan por el periódico, y lo manchan todo de grasa y... Y de gusto áspero, lejos de cualquier amago de dulzor. Era como un pedacito de pan seco -por el sabor, lo digo- que a la mínima se desintegraba entre mis manos. ¿Y las puntas? Mejor no me extiendo sobre este asunto. Solamente diré que evocaban segmentitos marronosos de carbón. Y lo dejaremos en carbón, ¿vale? Por aquello del pudor al que me refería antes.

Pero, volvamos al café con leche, volvamos. Al café con leche postmoderno, para ser exactos. Al ver la taza tan pequeña puse solo un sobrecito de azúcar cuando normalmente añado un sobre y medio. El azúcar, horror, tardó un siglo en penetrar la capa de exoespuma bicolor y llegar a su líquido destino; tanta y tan espesa era la espuma. Pero, ¿cómo? ¡No me lo podía creer! ¡Si aquí no hay café! Con la curiosidad del explorador vocacional metí la cucharilla para remover y, en efecto, solo había un culito de café con leche. Removí y removí. Sí; al fondo, de vez en cuando, luchando con la porquería espumosa se dejaba ver un líquido marrón oscuro. Oscurísimo. Costaba verlo, pero allí estaba.

A la vista de lo visto me levanté, cogí la tacita y me dirigí a la barra. Por favor, sería tan amable de retirar la espuma, es que a mí no me gusta el café con leche con tanta espuma, ¿sabe? Muchas gracias, muy amable. La camarera cogió el platito con su tacita y se alejó hasta el fregadero metálico, a un par de metros de donde yo me encontraba; quizá tres. Luego, con una cucharilla, extrajo toda la espuma de la taza y antes de que me diera cuanta, zas, procedió a rellenarla con más leche. Con leche tibia, casi fría para más inri. A continuación me plantó el cuerpo del delito en la barra con una sonrisa. Aquí tiene.

Yo solo había pedido que me retirara la espuma, pero la chica, al ver que la taza quedaba prácticamente vacía no se le ocurrió otra cosa que añadir leche hasta los bordes. El resultado fue una tacita llena hasta arriba de un líquido lechoso del color de las natillas. ¡Joder! Esto debería estar penado, pensé.

Oiga; perdone. Es que yo prefiero un café con leche, ¿sabe? Y si es posible un café con leche sin adiciones espumosas. Vaya, una taza de café con un poco de leche. Mitad y mitad, más o menos. Y bien caliente, por cierto. Un café con leche como los de antes. Y caliente, no lo olvide.
¿Un café con leche sin qué? Es que aquí solo ponemos café y leche. Sin espuma mujer; quería decir sin espuma. ¿Ah? Pues claro que sí. Ahora mismo. Sin perder la sonrisa en ningún momento, la chica retiró diligentemente aquella porquería y me preparó un café con leche a la antigua -supongo que después de perpetrar su hazaña fue consciente del error y debió sentirse súbitamente arrepentida; o a lo mejor es que a ella también le gusta el café, vaya usted a saber-, y cuando me lo sirvió me pregunto, ¿y por qué no le gusta a usted la espuma? Yo no contesté. Cogí mi café con leche y sonriendo volví a mi mesa mientras me señalaba el bigote con el dedo. Para qué entrar en detalles, pensé. Al menos esta chica tuvo una actitud cordial y respetuosa en todo momento. Y lo digo porque en una ocasión parecida una estúpida casi me vuelca su brebaje encima. No hace falta decir que tuvimos un serio altercado.

Hoy he probado el café de otro sitio. No estaba mal, pero también le sobraba espuma. Qué le vamos a hacer. Paciencia.

lunes, 17 de septiembre de 2007

La última casilla I (cuento)

El Juego de la Oca es un viejo juego de mesa donde contienden dos o más jugadores. Cada jugador, por turno, lanza los dados y avanza su ficha por un tablero en forma de espiral dividido en 63 casillas salpicadas aquí y allá de castigos y premios, de manera que según la casilla tocada en suerte el jugador será penalizado o recompensado. Gana el jugador que consigue llegar primero al Jardín de la Oca, la última casilla.


I

«Las siete tocadas; tal vez debería ir pensando en descansar un rato. Conducir con el sol de cara es bastante jodido, sobre todo si está tan bajo porque me obliga a ir rígida, con la cabeza excesivamente alta y forzada. Acabará doliéndome la espalda si no paro pronto y además, me vendría muy bien un café. Sí; necesito, ese café».

...Ciento diez.

«Hace rato que lo vengo notando. Es increíble, ¿cómo puede sorprenderme todavía esta sensación a pesar del tiempo transcurrido y de haberla experimentado tantas veces? Esperaba que después de tantos años sin volver por aquí mis viejas obsesiones habrían caído en el olvido pero, hay cosas que no cambian. Aunque también es verdad que ya no me preocupa como antes. Ahora incluso me divierte... ¿Qué sé yo? Será que no me acostumbro a este paraje desértico y a la carretera, tan recta y larga... Tan aburrida. Sí; debe ser eso. El aire seco, el exceso de luz..., y sobre todo este paisaje tan... ¿Cómo definirlo...? ¿Aplastado...? El tedio, en fin».

...Ciento veinte.

«Siempre pensé que un viaje a la nada tenía que ser algo muy parecido a esto, y aún sigo convencida. Quizá en su momento debí comentarlo con alguien; al fin y al cabo no deja de ser una tontería propia de adolescentes. Pero, ahora, ¿a quién podría confiar estas majaderías...? ¿Al psiquiatra? Ni siquiera me he preocupado nunca de decírselo a Carli. ¿Cómo podría explicar que cada vez que paso por aquí tengo la sensación de estar fumada? No tiene sentido; es absurdo, estúpido».

«Recuerdo que mamá y yo atravesábamos esta región por lo menos tres o cuatro veces al año y ya, por entonces, advertía la misma sensación con total claridad. No es que todo siga exactamente como en aquellos días, claro, pero según veo los cambios han sido mínimos. La carretera era bastante más estrecha, eso sí; y estaba salpicada de chichones y de calvas de arena. Por lo demás, todo continúa más o menos igual... En cualquier caso, también es posible que yo no haya cambiado tanto como hubiera deseado... Salvábamos estos parajes, y nunca mejor dicho, en aquel viejo Fiesta dorado cargado a reventar de bultos y maletas; sobre todo cuando hacíamos el viaje de ida. Y en verano, ¡a sufrir la gota gorda! Porque pasar por aquí en verano era terrible... ¿Cómo podían caber tantas cosas en un coche tan pequeño? Si pudiera abrir una ventana en el tiempo me moriría de risa al verme; al vernos a las dos. Yo prefería viajar en Semana Santa porque cuando el frío no lo impedía podía asomar la cabeza por la ventanilla e imaginar que volaba sentada sobre una cometa mágica. Entornaba los ojos y soñaba despierta. Me veía cortando el aire velozmente, atravesando un país maravilloso, fresco y transparente sin nada en común con este inhóspito secarral. Volaba entre el verdor de campos asombrosos, idílicos, y el azul limpio del cielo en dirección a unas montañas blancas a las que nunca conseguía llegar aunque parecían estar a tocar de los dedos. Las películas de Disney tenían la culpa, o al menos eso pensaba mi madre. Recuerdo como me reñía y me tiraba de la oreja hasta que volvía a sentarme correctamente en el asiento. Lo recuerdo como si fuera ayer. Fantasías infantiles; cómo os añoro. El paso de los años te abre los ojos para descubrir que la realidad no es más que una burda caricatura sin alma de las más hermosas e ingenuas ensoñaciones infantiles. Ya lo creo. Y si no, a la prueba me remito: que desolación tan deprimente».

...Ciento treinta.

«Por qué habrá sido tan cruel la naturaleza con este rincón del mundo? Claro que, ¿puede ser cruel la naturaleza? Sí.., supongo que sí... ¿Ves? es tanta la miseria que me rodea que puedo contar los árboles a voluntad: uno, dos, tres..., siete, no veo más de siete. Siete árboles raquíticos en kilómetros y kilómetros a la redonda, sobreviviendo miserablemente entre millones de piedras y arbustos esteparios. Mmm.., ser un árbol. No estaría mal ser un árbol. Ser, sentirse como un árbol... Pero no cualquier árbol. Un roble. Una encina en el peor de los casos. No, todavía mejor: ¡un olivo...! Claaaro; un olivo....»

¡Diooos! Ana aseguró el volante y pisó firme y repetidamente el freno. Pasados los instantes de zozobra y ya con el coche bajo control, miró con el rabillo del ojo por el retrovisor para averiguar qué puñetas había pasado. Descubrió una mujer de mediana edad que caminaba despreocupada por el lado derecho de la carretera, a un centenar de metros del coche; probablemente más. Había estado a punto de atropellarla y sólo un rápido y habilidoso giro de volante evitó el desastre. Sin embargo parecía que ella ni se había enterado porque levantaba la mano saludando y, ¿sonreía? Tras comprobar que todo había quedado en un susto Ana fue acelerando poco a poco, desconcertada, sin poder apartar la vista de aquella mujer solitaria. Observándola por el espejo mientras iba haciéndose pequeña y más pequeña, un puntito que no deja de saludar con la mano hasta que la cinta de asfalto acaba por engullirlo. Todo sucedió en un minuto; en menos seguramente.

«Robles, olivos... ¡Joder, casi atropello a esa pobre mujer! Me tiemblan las manos, las rodillas… No puedo controlarme, voy a parar. Tengo arcadas».

El Mazda 6 se detuvo en la cuneta medio envuelto en una nube de polvo. Ana paró el motor pero se mantuvo al volante unos minutos con la mente en blanco y las rodillas aún temblorosas. Cuando por fin se decidió a salir una bocanada de aire fresco en la cara le hizo sentirse algo aliviada y se estirazó y gritó de rabia. Ya no tenía ganas de vomitar pero en su estómago las cosas no iban nada bien: se sentía como si se hubiera tragado una lagartija viva. Reflexionó un momento y respiró profundamente varias veces. Dudaba. Luego se acercó al maletero y lo abrió. Olía raro pero todo parecía en orden. Cerró con un golpe seco y giró en redondo para alejarse una veintena de pasos por la carretera con intención de localizar aquella mujer que caminaba por donde no debía. Pero nada; ni un alma. Tampoco se oía nada, ni el vuelo de un pájaro, ni el murmullo del viento. Nada. Ana regresó al coche y lo sobrepasó para escrutar el morro. Creyó notar que un piedra lo golpeaba hace un instante. Falsa alarma. Pero comprobó que todos los mosquitos del mundo se habían puesto de acuerdo esta mañana para estrellarse contra la calandra y los faros. Además, desprendía una calor abrasadora, tanta que prefirió adelantarse varios metros antes de acuclillarse para tocar el asfalto con las palmas de las manos. Estaba frío. Se dejó llevar por un impulso y se sentó, y un instante después estaba tumbada en la carretera con las piernas flexionadas, los brazos abiertos y la mirada anclada en un cielo que pasaba del azul al blanco según el sol iba ganando altura. El cansancio apareció sin avisar y Ana no pudo evitar entornar los ojos. Le escocían pero sobre todo le pesaban. Cedió al agotamiento por unos minutos, aunque tuvo la precaución de mantener atento el oído por si acaso. El silencio; sólo era capaz de escuchar su propia respiración cada vez más sosegada, cada vez más pesada. Un instante de tranquilidad después de todo. Un relámpago de bienestar... ¿Cómo estará Carli? Pero no; no parecía sensato seguir así. Había que continuar.

«Las siete y veintidós ya. Me muero por tomar un café caliente y comer algo. No entiendo como he podido despistarme hasta ese punto. No me lo explico. Resulta increíble, ¿cómo no he podido verla? Mierda de recta, parece que no se acabará nunca».

Pero todas las rectas se acaban torciendo tarde o temprano y a las siete y treinta y cinco Ana entraba en una estación de servicio no sin antes haber sorteado algunas curvas, menos mal. Aunque necesitaba gasoil aparcó junto a la cafetería; ya llenaría el depósito después. Nadie o casi nadie dentro. Tan solo una chica gorda que barría con desgana entre las mesas y la que parecía su madre tras la barra, indolente, con los antebrazos apoyados mientras escuchaba la SER. Ana dio una ojeada a la vitrina de la repostería, se acercó a una de las mesas situadas junto al ventanal que daba al aparcamiento y antes de tomar asiento se dirigió a la mujer de la barra. Aunque en el aparcamiento no había absolutamente nadie no quería perder de vista el coche.
- Buenos días.
- Buenos días. ¿Qué va a ser?
- Un café bien cargado, por favor. Y las pastas, ¿son de hoy?
- Pues claro, las acaban de traer hace un momento.
- Estupendo. Póngame una napolitana. ¿Se puede fumar?
- No; si quiere fumar tendrá que salir fuera. Aquí no se puede.
- Bien, gracias. El café muy caliente, por favor.

La última casilla II (cuento)

II

Un día antes nada hacía presagiar que Ana tuviera que afrontar este viaje. Su vida transcurría como siempre, rutinaria, previsible. Como cualquier sábado llegadas las ocho mandó a la encargada que cerrara las puertas de la tienda y puso a las dependientas a ordenar las prendas en los estantes. Después cerraría caja y si todo estaba en orden las despediría hasta el lunes siguiente. Cuando las chicas ya se habían ido dio una última ojeada a la boutique desde la puerta principal, apagó las luces y se dispuso a activar la alarma y bajar la persiana de seguridad. Justo antes de levantarse tras haber asegurado la persiana en el anclaje del suelo, apareció Jordi vociferando un sonoro ¡hola, tía buena! que la sobresaltó hasta el punto de hacerle perder el equilibrio. No lo vio acercarse entre el gentío que paseaba por la calle peatonal.
- Eres un imbécil Jordi. Y vuelves a estar borracho. Aunque eso no es ninguna novedad, ¿verdad? ¿Qué quieres ahora? Tengo prisa.
- De sobra lo sabes, Ana. ¿Has pensado en lo que te dije el martes?
- No. Es más, ni me acuerdo. ¡Y déjame en paz joder! Me tienes harta con tus estupideces. ¿Qué pasa, que ya no te aguanta tu mujer? Ah, perdona, olvidaba que con el año nuevo te echó de casa. Por bueno, claro. Anda; lárgate de una puñetera vez y no me obligues a llamar a la policía.

Ana ya había cerrado y caminaba con paso rápido hacia el aparcamiento, unas calles más abajo. Jordi la seguía a dos pasos, tropezándose de vez en cuando y murmurando cosas ininteligibles entre “por favores” lastimosos. Al llegar al coche Ana se giró para observar qué hacía su indeseado acompañante y al verlo aparentemente tranquilo se metió dentro, activó el cierre centralizado de puertas y buscó en su bolso algo de dinero. Luego bajó dos dedos el cristal de la ventanilla y lanzó un billete de cincuenta euros que Jordi se afanó en recoger. Ni uno ni otra dijeron nada. No hacía falta. Jordi desdobló cansinamente el billete para mirarlo y cuando levantó la vista el coche de Ana iba ya calle abajo.

Ana y Jordi se habían divorciado cuatro años antes tras un corto y accidentado período de convivencia. Un matrimonio inverosímil. Resuelta la separación ninguno de los dos quedó solo pero Jordi, apenas un año más tarde, comenzó a importunarla llamando por teléfono o presentándose en la tienda de repente, en el momento más inopinado. En un principio las llamadas fueron esporádicas y las visitas contadas, pero en los últimos meses aquellas molestias se estaban convirtiendo en acoso, puro y simple. Ahora se atrevía a organizar escenas en plena calle; espectáculos que causarían vergüenza ajena a cualquiera y que siempre acababan con un Jordi sollozante, rogando perdón. Suplicándolo. Pero Ana no tenía nada que perdonar. Por lo menos hasta que Jordi comenzó a darle la tabarra. ¿Debía perdonarle que le diera la tabarra?

Entre ellos no hubo nunca nada que valiera la pena; su historia en común fue tan corta como intrascendente. Y es que al poco de casarse con Ana, Jordi se reencontró con Berta, un viejo amor adolescente. La chica había empezado a trabajar como cajera en el Caprabo de la esquina. Desde entonces Jordi se aficionó a hacer la compra: cada día faltaba algo, y había días que más de una cosa. Con el tiempo -no demasiado- de hacer la compra pasó a citarse con Berta, y de aquí a dejar a Ana para irse a vivir con ella medió solo un paso. Jordi se preciaba de hacerlo todo muy rápido. Se enorgullecía de ello. Dos años de separación y el divorcio. Todo rápido, sin complicaciones, muy al gusto de Jordi.

Para sorpresa de Ana la marcha de Jordi hizo que se sintiera muchísimo mejor de lo que hubiera supuesto. Ahora no entendía qué puñetas vio en este tipo para casarse con él. Sí, era guapo y divertido, y tenía algo que le hacía diferente, pero... ¿de quien? Desde el primer momento pensó que ella tenía la culpa de que las cosas no funcionasen, como casi todas las mujeres. Y se esmeraba. Y se desesperaba. Por entonces era incapaz de ver el necio que tenía delante. Jordi se duchaba cada vez menos, bebía cada día más y olvidó qué era eso de leer. Él, que antes de casarse presumía de recitar como nadie a Rimbaud. Porque leer el Marca no cuenta, ¿verdad? Y pensándolo bien, a lo mejor tampoco era tan guapo. Menos mal que Jordi hizo lo que todo el mundo esperaba -menos Ana, por supuesto- porque sino la chica aún estaría torturándose intentando descubrir qué hacía mal. Pero, que descanso cuando se largó. Qué bien, suspiraba Ana al recordarlo: que alivio. Y es que Ana se casó engañada por un espejismo y una vez desengañada se descasó gracias a un nuevo engaño. Pero así es el juego de la oca. Tira Jordi, siempre te toca.

III

Las mañanas de marzo suelen ser frescas según el calendario del payés y la de hoy es una mañana de lo más corriente. Ana pasaba el rato mirando a través del ventanal de la cafetería reparando en la aridez que le rodeaba, pensativa, con la mirada perdida. Inexpresiva.
«El cartel Shell acabará cayéndose si no lo remedian pronto y los surtidores de gasolina continúan tan desiertos como la propia carretera. Resulta inquietante que la carretera no registre el mínimo movimiento. Si, es verdad que es domingo y que aún es bastante temprano pero debe hacer por lo menos un cuarto de hora que estoy aquí y no he visto pasar ni un solo vehículo. Aunque, ahora que lo pienso, tampoco me he cruzado con nadie desde que dejé la autopista para coger la N-128, y de eso hace casi una hora. Bueno; con la salvedad de la loca que estuve a punto de atropellar. ¿Dónde andará? ¿Y qué puñetas hará sola, en medio de la nada? Pero es mejor así. Mucho mejor».

Algo más de las ocho. El depósito lleno, la ventanilla abierta y Suzanne Vega en el reproductor de cedés. El aire fresco y Gipsy parecen hechos el uno para el otro. Mucho más centrada después del respiro y del café, Ana pensaba en Carli. Era como Suzanne; la misma mirada. Anoche la dejó en casa limpiando a fondo. La añoraba. «A estas horas ya debe hacer un buen rato que acabó y estará descansando. La llamaré más tarde; la he visto tan nerviosa... Bueno, en media hora estaré en Caralta y desde allí a Los Mastines solo hay otros cuarenta minutos. Con la nueva variante no hace falta entrar en el pueblo y eso es una ventaja».

Carli era prima lejana de Ángela Daró, una vieja amiga de Ana y abogada por demás -la misma que le llevó el divorcio. También era militante activa de la Plataforma para la igualdad de derechos de gays y lesbianas. Una tarde se encontraron sentadas frente a frente en la mínima sala de espera del bufete de Ángela, Ana pendiente de su asunto y Carli esperando a un amigo que sufría el acoso de sus compañeros de trabajo tras haberse sabido su condición de homosexual. El amigo de Carli no llegaba y Ángela continuaba en su despacho, al parecer muy ocupada con dos individuos cuyo aspecto recordaba al Travolta de Saturday Nigth Fever. La conversación parecía ineludible, estaban solas y todo hacía pensar que continuarían así un buen rato. Después de intercambiar miradas y alguna sonrisa tan cortés como ritual, Carli se levantó y fue al despacho de Ángela, de donde salió casi inmediatamente.
―Por lo visto tenemos para más de media hora. Este sitio tan pequeño me agobia un poco y me apetece un café, ¿te apuntas?
­Tras la sorpresa inicial y unos segundos de duda Ana aceptó y ambas se dirigieron a la cafetería de la planta baja, un lugar agradable y un café verdaderamente bueno. Apenas cuatro meses más tarde compartían un apartamento del centro, a cuatro pasos del negocio de Ana.

La última casilla III (cuento)

IV

La variante de Caralta transcurre junto a un arroyo que parte en dos una extensa arboleda de chopos tan venerables como gigantescos. Hubo que vencer resistencias muy tercas para poder construirla. Incluso hubo un pronunciamiento del Parlamento Europeo en favor de proteger el paraje por donde pasa, una isla verde rodeada por un vacío ocre inacabable, eterno. En un principio todo el mundo parecía coincidir en el rechazo de la variante pero lo cierto es que cuando la carretera estuvo terminada las quejas se evaporaron como por arte de magia. Ahora nadie reconoce haberse manifestado en contra de las obras. «Nada; los cuatro gatos que siempre están en contra de todo. Los de siempre, ya sabe».

Desde la variante de Caralta se enlaza con la local que conduce a Santa Engracia, una carretera que tiene poco que ver con la N-128. Para empezar es bastante más estrecha y el firme aún es más viejo y rugoso. Esta carretera sirve a la transición entre el páramo y la montaña, y su primer tercio transcurre entre curvas relativamente cómodas que van ascendiendo suavemente al viajero hasta llegar al congosto del río Toldán. A partir de aquí sigue durante ocho o diez kilómetros el sinuoso curso del río y luego asciende bruscamente para llegar serpenteando al puerto del Verá, donde aún funciona una vieja estación meteorológica. A pocos minutos de allí, en pleno descenso, hay que abandonar la carretera para adentrarse varios kilómetros por una pista de tierra que atraviesa un primitivo bosque comunal hasta llegar, por fin, a los Mastines.

Nadie sabe muy bien porqué a ese lugar le llaman de ese modo. Se trata de un puñado de casas arruinadas que fueron levantándose sin orden ni concierto en las proximidades de una primitiva ermita, Santa Águeda, de la que solo queda el testimonio de unos pocos metros del muro lateral derecho de su única nave y casi todo el perímetro del ábside. Con el despertar del siglo XX la fachada, con su pórtico románico tardío, y los frescos del interior, fueron malvendidos por el párroco de Caralta a un especulador que decía actuar en nombre de una Fundación norteamericana. Hoy, todo ese patrimonio forma parte de un caserón neo-colonial de Massachussets propiedad de cuatro palurdos adinerados. Por la misma época las escasas familias que vivían en los Mastines empezaron a emigrar a Cataluña atraídas por las colonias textiles del Llobregat, primero los hombres jóvenes y luego, como un goteo, todos los demás. En poco tiempo el poblado quedó en el más absoluto de los olvidos porque nadie quiso regresar jamás y desaparecida la gente perdidos los recuerdos.

Con la guerra civil los Mastines recuperaría un breve y trágico protagonismo al convertirse en improvisado escenario de un enfrentamiento entre una compañía de milicianos republicanos y un batallón de regulares. El combate duró toda una noche y se saldó con la muerte de los republicanos y con el posterior fusilamiento de los cadáveres para mayor escarnio. Cosas de un fanático capellán castrense cuya influencia en el teniente coronel de las tropas marroquíes no conocía límites. Fusilados cristianamente por un pelotón formado por gentes de los alrededores de Tánger, los cadáveres fueron llevados hasta Caralta en carros arrastrados por mulas para ser expuestos durante cuatro largos días en la plaza de la República, la que más tarde y gracias a la liberación sería conocida como plaza de la Cruzada Nacional. La masacre, el abandono, el silencio... El abono apropiado para toda suerte de leyendas.

Pero el último habitante de Los Mastines fue Servando, un viejo republicano que nunca renunció a sus ideales y que prefirió desaparecer en vida a que le hicieran desaparecer por vida, como a muchos otros camaradas que oyeron los cantos de sirena de la reconciliación una vez terminada la guerra y, por creerlos, yacen sepultados en la fosa común que se improvisó en la cuneta que bordea la tapia del cementerio de Caralta, contra la que fueron fusilados. Todo el mundo era sabedor de aquella vileza y en vida de Franco cada Día de Todos los Santos eran muchos los caralteños que dejaban allí buena parte de las flores que llevaban a sus difuntos oficiales, los que estaban enterrados como Dios manda. No era raro que se acumularan más flores en la cuneta que en el propio cementerio. Ahora esto se observaría como un gesto compasivo, incluso romántico, pero antiguamente el sargento de la Guardia Civil se tomaba el cuidado de enviar un par de números al día siguiente para recoger las flores de la cuneta y llevarlas al monumento a los caídos por Dios y por España que se erigió en el mismo centro del cementerio, donde, por cierto, nunca hubo otras flores que no fueran estas. Flores robadas para un homenaje putativo. Pero ya hace muchos años que la casa cuartel de la Guardia Civil permanece vacía. Y tampoco sobrevive aquel siniestro monolito de mármol negro; el manolito, que era como le llamaban los caralteños en honor de aquel conspicuo sargento apellidado Manuel, que no nombrado

V

Ana no llegaría a casa antes de las diez. Tras el episodio del billete de cincuenta euros había llamado a Carli para decirle que se retrasaría un poco por razones de trabajo. Entre la tienda y el adosado que alquilaron el año pasado hay más o menos un cuarto de hora; veinte minutos con el tráfico difícil. Quizá algo más, pero no casi una hora desde luego. Sin embargo esta noche Ana ha preferido dar un largo rodeo para poder pensar a solas. No quiere preocupar a Carli; bastante dolida estaba ya a causa de Jordi, de sus incordios cada vez más frecuentes, de sus intrusiones en la vida de ambas. Menos mal que hoy solo se ha conformado con seguirla hasta el coche y recoger el dinero. Otras veces es peor: grita, se pone violento. La agresión física acabará produciéndose tarde o temprano. Mejor reaccionar a tiempo que dejar que las cosas se descontrolen hasta ese punto.
— ¿Jordi?
— ¿Ana, eres tú? Espera, que apenas te oigo, deja que salga fuera. Ahora un poco mejor. Sabía que acabarías llamándome. Estaba seguro, de verdad…
— Oye, tenemos que hablar. Esto no puede seguir así.
— Bueno, si quieres mañana nos vemos. ¿Conoces el Cafetito, el de la plaza…?
— No. Tiene que ser esta noche. ¿Puedes venir dentro de un rato? Lo que yo tarde en cenar. A eso de las doce estará bien. En mi casa.
— No sé donde vives ahora, Ana.
— No seas imbécil; me has seguido cada vez que te ha dado la gana. Hasta luego. No te retrases, que no tengo toda la noche. Y si haces el mínimo ruido y despiertas a los vecinos no abro y llamo a la policía, ¿vale?
— Vale.

La última casilla IV (cuento)

VI

El descenso del puerto del Verá exige prestar mucha atención para no pasarse el sendero que lleva a los Mastines, pero Ana conoce perfectamente el recorrido. Son casi las nueve y media y el camino rural parece tocar a su fin. La espesura ha ido despejándose poco a poco dejando a la vista una estrecha y ondulada llanura salpicada de restos ruinosos de adobe, piedra y madera podrida. Tras sortearlos con algo de dificultad el Mazda se ha parado al llegar a un muro, justo delante de un vetusto portón oscuro cerrado a cal y canto; el motor del coche no deja de ronronear suavemente mientras Ana retira la cadena herrumbrosa que lo mantiene afianzado. Este portón franquea el paso a una polvorienta explanada cuyo perímetro está protegido por un muro de dos metros y medio de altura invadido en algunos tramos por una masa verduzca que recuerda la hiedra. Dentro del recinto, ocupando la práctica totalidad del cuadrante superior derecho cuando es observada desde el portón de entrada, se levanta la casa, un cuerpo central de dos plantas con dos estructuras anexas, una a cada lado y de una sola planta, casi gemelas, que acogen el viejo molino de aceite y lo que fueron las cuadras, ahora transformadas en garaje. Todo el conjunto se encuentra perfectamente conservado gracias a que Servando dedicara el último tercio de su vida a dar vida a un lugar que siempre arrastró fama de maldito y cuyas leyendas sirven, todavía hoy, para asustar a los niños traviesos de la región. También hay un pozo hondo y seco cuya boca, casi a ras de suelo, permanece cubierta con dos robustas planchas metálicas que alejan la posibilidad de cualquier accidente. Nadie recuerda que este pozo sirviera nunca para apagar la sed de un cristiano, pero ahí sigue. Los vecinos más piadosos de Caralta cuentan que este negro agujero acoge las almas de los milicianos masacrados en el treinta y ocho, todos ateos, todos anarquistas. Todos condenados. También se dice que en las noches más frías de invierno sus espectros se concentran en la explanada para encender un fuego con el que calentarse. Pero las conciencias pías de Caralta se equivocan al menos en un punto. Y es que el fuego de los Mastines se remonta a tiempos tan remotos como olvidados. Antes de los milicianos frioleros ajusticiados después de muertos, hubo frailes frioleros ahorcados como illuminati por otros no menos iluminados que ellos; y aún antes, por haber hubo hasta brujas frioleras ajusticiadas gracias a la impagable intercesión del Santo Oficio. Y con estas no se acaban los frioleros. En los Mastines siempre hizo mucho frío.

El coche avanzó pesadamente por la explanada hasta detenerse ante el emparrado que precede la puerta principal de la casa. Hace por lo menos cinco años que ni Ana ni su madre pasan unos días aquí, aunque nadie lo diría gracias a que Antonia se desplaza cada martes desde Caralta para ventilar y procurar que todo siga en orden. Y lo cierto es que una vez ventilada y recogidos los lienzos blancos que normalmente cubren los principales muebles, solo la fina capa de polvo acumulada en el escaso mobiliario desprotegido podría delatar que la casa permanece normalmente deshabitada.

Lo primero que hizo Ana fue abrir de par en par las ventanas del salón y retirar todas las telas que encontró a su paso de camino a la cocina, donde puso a calentar agua en un cazo. Luego salió de nuevo para cerrar el portón y meter el coche en el garaje, y volvió a la cocina justo a tiempo para verter el agua hirviente en la tetera. Apenas hacía diez minutos que había llegado y ya estaba tumbada en el viejo diván de su abuelo, descansando y disfrutando del silencio mientras la taza de té se enfriaba, complacida en observar el caprichoso ballet de visillos azules que colgaban de las ventanas. Y fue inevitable, poco a poco fue invadiéndole una tristeza profunda, sosegada. Los recuerdos iban y venían atropelladamente uno tras otro; viejos recuerdos de vacaciones adolescentes revueltos con otros mucho más recientes y bastante menos gratos. La lagartija del estomago que despertaba de nuevo y el té, que se enfría. Pero Ana no pudo vencer al agotamiento y quedó dormida a pesar del creciente malestar que le invadía. Vaya mierda de noche, fue su último pensamiento coherente.

VII

Al saber que Ana se retrasaría Carli cenó sola; además, tenía prisa porque esta noche tenía reunión de comité de la Plataforma y la esperaban a las diez y media. A pesar de todo se encontraron en la puerta del garaje de casa, entrando una y saliendo la otra. Ana debió recular para permitir que el Micra de Carli pudiera pasar. Carli franqueó la puerta levadiza pero se detuvo a la altura del Mazda, puso el freno de mano y salió del coche. No quería despedirse con un simple gesto. No era de su estilo.
- Hola guapa. Te he preparado una ensalada para cenar, y en el frigo todavía quedan fetuchinis; solo hay que añadir más salsa. Yo únicamente he cenado fruta. Bueno, ¿como te ha ido? ¿A qué se ha debido el retraso?
- Bien, todo iba muy bien hasta que apareció Jordi. Fue justo a la hora de cerrar.
- ¿Otra vez? ¿Y qué, te molestó?
- Como siempre. Esta vez le di cincuenta y se conformó.
Ana resumió a Carli lo que había pasado. También le dijo que había estado reflexionando detenidamente y que había decidido hablar en serio con Jordi. Esta noche lo había invitado a venir para dejar las cosas claras. De una vez por todas. Era necesario afrontar el problema ya, de inmediato. Cuanto antes mejor.
- Pero... ¿Cómo has podido invitarlo a casa? ¿Estás loca? Y todavía lo entiendo menos después de lo que me acabas de explicar. De verdad, creo que has perdido el sentido común Ana. Y, ¿qué piensas hacer?
- Mira, no puedo quedarme con los brazos cruzados esperando a ver qué ocurre. Me niego a continuar así. Pienso hablar con él muy seriamente; creo que podemos llegar a un acuerdo. Le ofreceré dinero si hace falta.
- ¿Dinero? Pero, ¿dónde tienes la cabeza? Ese tío es un cabrón que solo quiere joderte. Tienes que denunciarlo y olvidarte de lo demás, y tienes que hacerlo ya. Te acosa, ¿no te das cuenta? Cada vez que le permites una le das ánimo para montarte la siguiente.
- Creo que podré entenderme con él, no te preocupes. Antes era razonable...
- Jordi es un borracho sin remedio. Y antes tampoco era razonable, Ana. ¿Acaso lo has olvidado? Cuando vivías con él eras una desgraciada. Jordi siempre ha sido un mierda, un maltratador. Te hará daño. Más daño.

Carli lo sabía de primera mano; ella también había tenido que soportar su acoso. Un día se presentó en la escuela primaria donde trabaja como administrativa y allí, en el distribuidor que da acceso a las clases y ante un nutrido grupo de niños y niñas, la puso de vuelta y media. La sujetó por los hombros, la insultó y la llamó bollera y otras lindezas. También intentó agredir al bedel y a un compañero de Carli que acudieron alarmados por el griterío, y solo accedió a marcharse cuando la directora del centro hizo ademán de llamar a la policía. Tras un acalorado debate entre la dirección y el claustro, se optó por no presentar denuncia en el convencimiento de que entonces el escándalo público sería inevitable.
- No puedo dejarte sola con él. No quiero. Me quedo.
- Pero yo prefiero que te vayas, Carli. No temas, no va a pasar absolutamente nada. No te preocupes, anda, márchate tranquila. Te esperan y llegarás tarde.

Pero Carli no respondió. Volvió a su coche y dio marcha atrás hasta dejarlo justo donde lo había cogido pocos minutos antes. Ana entró a continuación y aparcó el suyo. Luego bajaron entre las dos la puerta de garaje y una tras otra, sin cruzar palabra, desfiló por la estrecha escalera de acceso a la planta baja de la casa para dirigirse directamente a la cocina. Mientras Ana sacaba los fetuchinis del frigo y los metía en el microondas Carli se excusaba por teléfono a una compañera de la Plataforma. En pocos minutos ambas estaban sentadas a la mesa, sin mirarse. Dos cocas ligth las observaban mientas Ana se comía la ensalada con desgana. Los fetuchinis esperaban turno en el microondas. Las once tocadas y seguían sin pronunciar media palabra.

La última casilla V (cuento)

VIII

El bronco sonido del timbre interrumpió el prolongado y áspero silencio en el que se habían sumido Carli y Ana desde que subieron del garaje. Ana nunca entendió porqué Carli prefería ese berrido estridente al civilizado din-dong de un timbre de campana. Tras el sobresalto ambas miraron el reloj que colgaba de la pared de la cocina: las once y media. Si era Jordi, se había adelantado bastante más de lo razonable. Y es que cuando Jordi no se excedía se quedaba corto. Podía decirse que era un individuo de costumbres desencajadas, sin duda, y quizá pensaba que esta condición formaba parte de su encanto porque parecía cultivarla a propósito. Hombre de pocas luces, después de todo.
- ¡Joder! Seguro que es ese cretino.. Corre Carli, vete arriba. Estoy sola, ¿de acuerdo? Si ves que se pasa llamas a la policía, ¿vale? No, no; espera, deja que sea yo quien decida. No avises a nadie si yo no te lo digo. ¿Lo has entendido?
- No seas idiota, Ana. No abras. Mándalo a la mierda y no abras...
- ¡Sube ya de una vez, Carli! Y cállate, que te va a oír. Aguarda en el dormitorio, en silencio. Y tranquila, que no pasa nada mujer. Recuerda que solo debes mantenerte alerta por simple precaución, porque todo irá bien. Venga, ¡arriba!
Carli subió en silencio la escalera mientras Ana se dirigía a la puerta de entrada. Antes de abrir quiso asegurarse que era Jordi observando a través del cristal semitransparente de las estrechas ventanas situadas a lado y lado de la puerta. Era él, desde luego. Y no paraba de moverse.
- Te has adelantado. Vamos, no te quedes ahí pasmado, pasa.
- Hola Ana. No te imaginas lo que significa para mi que me hayas invitado a tu casa... Tengo tantas cosas que decirte...
- Anda, pasa al salón..., pero, ¿dónde crees que vas, con esa botella? Y por lo que veo ya vienes un poco cargado, ¿verdad?
- Solo un par de copas. Desde que me llamaste he estado haciendo tiempo en el Dublín, un pub de la calle...
- Si; ya sé donde está el Dublín. Bueno. Siéntate, ¿quieres un café? Creo que te iría muy bien.
- No; no quiero café. Prefiero abrir la botella y tomamos una copa. Recuerdo que antes te gustaba el Chivas.
- ¡Dame esa botella! No te he hecho venir para tomar una copa juntos, cafre, sino para hablar serenamente y dejar claras algunas cosas. Mira, ya no toleraré más que me importunes o que fastidies a Carli. Eso se acabó. Se acabaron tus visitas a la tienda, tus llamadas, tus lamentables espectáculos... Te he invitado a mi casa en un gesto de confianza para eso, para hablar de este asunto y resolverlo definitivamente. Debes comprender que esa actitud no lleva a ninguna parte; nos hace daño a todos. A ti el primero. Te denigra, ¿no te das cuenta? Todo el mundo piensa que eres un pobre hombre. Ya hace demasiado tiempo que llevas una vida calamitosa, ¿no me digas que no has pensado alguna vez en lo que te digo, en el daño que te haces? Desde que Berta te dejó...
- ¡Ni la nombres, a esa puta! Se ha aprovechado de mi. Me sacó todo lo que pudo y me dejó entrampado, roto. Le compré joyas; todas la que quiso. Incluso un apartamento en Oropesa. Cincuenta metros cuadrados en tercera línea de mar; una fortuna. Tuve que hipotecar mi piso para comprárselo. ¿Te acuerdas de mi piso, el que tenía desde que era soltero, desde antes de casarme contigo? Pues lo tuve que malvender para pagar deudas, porque pedí dinero prestado, ¿sabes? Mucho dinero. Y cuando se acabó Berta se fue con el mamón de Andrés, ¿te acuerdas de Andrés, el de la imprenta? Entre la cancelación de la hipoteca y los acreedores no me queda un duro. Hija de puta.
- Lo siento, Jordi; de veras¾ le consolaba Ana moviendo suavemente la cabeza de lado a lado¾ pero no estamos aquí para tratar de estas cosas...
Pero Jordi no estaba escuchando. Seguía hablando, con continuos cambios en el tono de voz, en la intensidad.
- Por eso, cuando recibí tu llamada me dio un vuelco el corazón. No sé porqué dices que te persigo. Bueno, es posible que a veces pierda un poco la noción de las cosas, pero es que estoy loco por ti. No debimos separarnos, Ana, fue un error. Le he dado un millón de vueltas desde entonces. Nunca he dejado de quererte y creo que en el fondo tu también sigues queriéndome, ¿verdad? ...Y no me mires así, mujer. No hace falta que ahora digas nada, pero piénsalo por favor. Piénsalo durante unos días y después hablamos. Lo arreglaremos todo, ya verás. Todo volverá a ir bien entre nosotros. Será como antes...
- Pero, ¿qué estás diciendo? No nos separamos: me dejaste tú por la que ahora dices que es una hija de puta. Tienes muy mala memoria, Jordi. Y además, no tengo la mínima intención de volver contigo, ¿es que te has vuelto loco? Mira, déjate de fantasías y baja a la tierra, tío. Lo único que quiero es que me dejes en paz; que nos dejes en paz. Escucha; creo que necesitas ayuda y deberías ponerte en tratamiento; te veo muy mal Jordi, muy mal. De verdad. Tienes que dejar de beber y recuperar algo de dignidad, hombre. Yo conozco alguien que puede echarte una mano; es una psiquiatra estupenda. Hablaré con ella.
- ¡Vete a la mierda! Yo no estoy loco; y no necesito tus favores. ¿No te jode?
- Oye, Jordi, sin faltar, ¿eh? Y haz el favor de no gritar; son más de las doce.
- Lo siento Ana. Perdona... El otro día te decía que tu y yo formábamos una pareja perfecta, ¿recuerdas? Lo reconozco, me equivoqué, fui un estúpido. Berta me engañó. Me dejé llevar como un adolescente, pero tienes que perdonarme. He madurado mucho y ahora todo será distinto, totalmente distinto. Solo necesito algo de tiempo para recuperarme, para volver a ser el de siempre, y entre los dos lo lograremos. Volveremos a ser felices, puedes estar segura...
¡Basta ya! Déjate de tonterías. Yo nunca fui feliz contigo. Nos equivocamos los dos. Y tú; crees que fuiste feliz porque confundes la felicidad con hacer lo que te da la gana y salir impune, como un niño malcriado. Nos equivocamos y punto. No hay vuelta atrás. Si te he llamado es porque quiero que salgas de mi vida de una jodida vez. Quiero que no me persigas, que no me llames. Quiero que me olvides, que te largues, que te esfumes... ¿Lo entiendes? A ver, Jordi, por favor, serenémonos un poco y hablemos de ello, ¿de acuerdo? Venga; voy a hacer un café, ¿vale? Nos hace falta a los dos. Oye, mírame Jordi. ¡Mírame!

Pero Jordi hacía unos minutos que no apartaba la vista del suelo. Permanecía silencioso, pensativo, casi inmóvil en el extremo del sofá, acariciándose una rodilla con la mano derecha mientras la izquierda buscaba a tientas la botella de Chivas que Ana había depositado en la mesa rinconera que separaba el sofá del sillón donde ella misma estaba sentada.

Se hizo un silenció inquietante, no más de un minuto que a Ana le pareció una eternidad. Jordi continuaba con la vista fija en el parquet sin dejar de acariciar lentamente sus rodillas, ahora con ambas manos pues Ana había apartado la botella de su alcance. Si aquel no era el momento de preparar un café que viniera Juan Valdés y lo viera. Ana se levantó, cogió el Chivas y se fue a la cocina.

Entretanto, en el piso de arriba, Carli había ido experimentando un estado de creciente alarma según avanzaba la conversación en el piso de abajo. Permanecía sentada en la cama desde que subió, con las manos descansando sobre los muslos y la espalda tiesa. Helada, con los ojos muy abiertos, como si quisiera ver las palabras que surgían del salón y subían por la escalera para estallar en el dormitorio, sufriendo, ciega a pesar de todo, la excitación de los peores momentos entre Jordi y Ana. El disgusto inicial por verse obligada a subir dio paso a un vivo malestar que se convertiría en miedo intenso a medida que el diálogo adquiría tintes surrealistas. Una aprensión aguda le oprimía el pecho haciéndole difícil respirar. Se removieron, despertaron, viejos sentimientos de angustia que ya creía olvidados, enterrados. Escuchando los desvaríos de Jordi aparecieron por su mente flashes de su vida familiar, de cuando no era más que una pobre niña aterrorizada. Revivió aquellas horribles discusiones entre sus padres que siempre acababan con su madre en urgencias mientras su padre, desahogado tras la borrachera de rigor, dormía el sueño de los justos en su mecedora favorita. Su madre magullada, su padre borracho encendido de ira y ella temblando bajo la cama. Ese era el pan de cada día hasta que a los dieciséis años reunió el valor suficiente para escapar del infierno. Su vida desde entonces había sido como viajar en una montaña rusa; subidas trompicadas, a veces tranquilas, pero solo a veces, y descensos siempre vertiginosos... Y ahora ese infierno que nunca había renunciado a perseguirla la había vuelto a atrapar, justo cuando se sentía más segura, más tranquila, cuando parecía acariciar la felicidad por primera vez en su vida. El juego de la oca. ¿Porqué será, Jordi, que siempre te toca?

La última casilla VI (cuento)

IX

Ana preparaba café en la cocina procurando no quitarle ojo a Jordi, todavía ensimismado en el sofá, hundido en cualquiera de los sentidos posibles. Puesta la cafetera sobre el fuego cogió dos tazas del aparador, las cucharillas correspondientes... La leche en una pequeña jarra, dentro del microondas, de donde antes tuvo que sacar los fetuchinis y ventilarlo un poco haciendo aire con una rodilla de cocina. Hacía olor a boloñesa de bote. El azúcar, de caña; en sobrecitos alargados recolectados en las cafeterías por Carli, que tomaba el café amargo y se guardaba los sobres en el bolso.

Mientras tanto Jordi ya se había levantado, cansino, como un sonámbulo. Tras dar una ojeada alrededor fue a la chimenea y se entretuvo mirando, sin verlos realmente, algunos trastos que Ana había ido coleccionando de resultas de sus viajes. Luego le llamó la atención la estantería que hay a la derecha: rebosaba de libros y hojeó uno, al azar. No dejaba de darle vueltas a lo que Ana acababa de decirle. ¿Por qué insistirá tanto en que la deje en paz? Al fin y al cabo lo único que él pretende es captar de nuevo su atención, que le escuche. ¿Como puede sentirse molesta por algo tan inocente? Está completamente seguro de que si le escuchara sabría entender porqué rompió y le perdonaría. ¿Por qué no quiere escucharle? ¿De qué tiene miedo? Él la quiere y nunca le haría daño, ¿por qué le teme? La culpa la tiene esa tortillera de mierda, esa hija de puta de quien no recuerda el nombre. Si no hubiera aparecido en la vida de Ana, en la vida de los dos, Ana volvería con él. Estaba totalmente convencido. Era eso, claro. La culpable de que Ana no quiera escucharlo es la puta lesbiana. «Un día tendré que hablar muy seriamente con ella», rumiaba Jordi, «quizá mañana mismo lo haga. Mañana hablaré con esa putita».

Enfrascado en sus pensamientos Jordi había llegado a la puerta de la cocina, de donde repentinamente asomó la cabeza de Ana en su intento de controlarlo. Ambos se sobresaltaron y sus caras estuvieron a punto de tocarse. Ana notó el aliento de Jordi y se retiró con un movimiento brusco, repelida. Apestaba.
- Joder, Jordi, aún no he acabado. Vuelve al salón que ahora mismo voy. Te he preparado un poco de leche, ¿creo que es así como te gusta, verdad? Por cierto, ¿desde cuando no te lavas los dientes? Deberías tener más cuidado con estas cosas...
- ¿Los dientes? Pero, ¿a qué viene eso, Ana? ¿Es que no vas a dejar de tocarme los huevos? No has parado ni un momento desde que he llegado. Es que no me das ni un respiro, joder. Que me dejes en paz, que te vayas, que te esfumes... No has escuchado nada de lo que te he dicho. Nada. Te veo muy mal, Jordi, ¿quieres un psiquiatra? Pero bueno, ¿qué coño te pasa? ¿Me has invitado para joderme, para insultarme? ¿Quién esta loco aquí? ¿Sabes una cosa? Es esa puta que vive contigo, que te tiene encoñada. ¿Qué mierda ves en esa desgraciada de metro y medio? Dime, ¡si por no tener, ni siquiera tiene tetas! Y no me digas que ya no te van las pollas porque cuando yo te la metía no tenías ninguna quej...

Jordi no pudo acabar la frase. ¡Bam! Carli había bajado a hurtadillas y después de coger con las dos manos la botella de Chivas que Ana había dejado en la mesa de la cocina le sacudió un fuerte golpe en la espalda, entre los hombros, que le hizo caer de rodillas, como un saco. Ana, que acababa de coger la bandeja con el café, la leche y lo demás, se giró al oír el golpe y asistió horrorizada y sorprendida a la estampa que se le ofrecía. Muda. Paralizada.

El tiempo parecía haberse congelado. Jordi estaba arrodillado y dejaba escapar un gruñido sordo, largo y amenazante. Con una mano se cogía la nuca y con la otra manoteaba en su intento de agarrarse a una silla para levantarse. Estuvo así cuatro, cinco segundos, tambaleándose, ansiando alzar torpemente una rodilla mientras las mujeres permanecían a su lado calladas, con los ojos clavados en él, sin parpadear, una temblorosa, sosteniendo milagrosamente una bandeja llena de cachivaches que no dejaban de tintinear; la otra desquiciada, esgrimiendo en alto, como una maza, la reluciente y achatada botella de Chivas.
- Hijas de la gran putaaa. Bramó Jordi violentamente. Os voy a...
¡Crac! Un segundo impacto en la cabeza, justo por detrás, le quebrantó el occidental y lo lanzó bruscamente hacia delante, pero el brutal choque de la frente con el filo del mármol de la encimera hizo que rebotara para quedarse exactamente como antes; arrodillado, con el torso sorprendentemente erguido. Su cara después de los golpes ofrecía un imagen muy distinta de la habitual. La frente, blanquísima, aparecía dividida transversalmente en dos por un fino surco, un pliegue sanguinolento por encima de las cejas que anunciaba una grave lesión del hueso frontal, quizá su fractura. El ojo izquierdo se había salido de su órbita y parecía a punto de descolgarse mientras el derecho permanecía firmemente cerrado, enterrado entre mil arrugas formadas por los párpados. Por la boca, descomunalmente abierta, se asomaba flácida la lengua, como la un ternero acabado de degollar. Jordi, todavía de rodillas, se balanceó mansamente adelante y atrás antes de dejarse caer en vertical y sentar el culo sobre los talones. Al caer, del fondo de su garganta surgió un ruido ronco y agónico, semejante al producido por un tuberculoso, y al instante, comenzó a escaparse un chorrito de sangre por el resquebrajamiento del hueso del occipucio evocando un dispositivo de riego automático, de esos que se colocan en los jardines. Y por si todo era poco, ¡parecía que la cara, esa cara, se ponía azul! Ana y Carli se miraron incrédulas y horrorizadas, preguntándose, ¿y ahora qué?

Pero, ¿qué rayos mantenía erguido a ese cabrón en tan lamentable estado? ¿Por qué no se desplomaba de puñetera una vez? Y lo cierto es que quizá hubiera podido continuar así durante toda la noche si no es por Carli, que con un tercer porrazo, ahora en plena oreja derecha, lo derrumbó sin paliativos. Jordi cayó como un fardo, medio de costado, y al caer su barbilla fue a golpear contra el borde lateral del respaldo de la silla que instantes antes había tirado al suelo en su intento de levantarse. ¡Ñac! La boca se cerró como un cepo seccionando un colgante de lengua que salió despedido y llegó rebotando como una pelotita de goma hasta el fondo de la cocina. En respuesta Jordi abrió por sorpresa el ojo que le quedaba sano, al menos en apariencia, y comenzó a claquetear compulsivamente con el pie izquierdo.

Ante aquel espectáculo ambas mujeres huyeron de la cocina como si las persiguiera el mismo diablo. Despavoridas, gesticulando como posesas atravesaron a zancadas la casa de lado a lado y salieron trompicadas al jardín comunitario. Desde allí, corriendo sin parar, saltaron los setos del recinto de la piscina como dos gacelas y la bordearon, y no pararon de correr ni siquiera cuando escucharon cerrándose tras ellas el tlac de la puerta metálica que separaba el jardín de la calle. Y todo sin soltar un solo grito, menos mal. Pero allí, junto a un gran plátano, a ocho o diez metros de la entrada al jardín comunitario, o de la salida, como era el caso, tuvieron que frenar en seco porque casi arrollan a don Antonio, su amable vecino ya jubilado, que paseaba a sus caniches. Afortunadamente ni lo tocaron. ¿Qué puñetas hacía don Antonio sacando a mear a sus asquerosos caniches a estas horas, cuando eran cerca de la dos de la madrugada? Pero don Antonio continuó charlando paternalmente con sus perritos como si nada; era bastante sordo y ni siquiera se giró. Por suerte los animales, normalmente unos histéricos insoportables, decidieron ignorarlas enfrascados como estaban en olfatear con ansia obsesiva una plasta de tamaño considerable que poco antes se había encargado de descargar alguno de sus socios. Las chicas no abrieron la boca y mirándose dieron media vuelta y se marcharon por donde habían venido tan silenciosamente como pudieron.

X

«¡Vaya mierda de día! » gritó Ana un instante después de despertase en el suelo, sobresaltada tras caer aparatosamente del sofá y quebrantada como si hubiera rodado escaleras abajo. Le dolía el codo derecho, un dolor agudo, penetrante, que le llegaba hasta el hombro. Y maldijo su suerte al comprobar desolada y cabreada como el té lo salpicaba todo. Y lo peor: la taza había salido volando y se había estrellado contra el suelo rompiéndose en minúsculos pedacitos que se escampaban varios metros a la redonda. Menos mal que el plato y la tetera continuaban milagrosamente intactos gracias a que cayeron sobre la alfombra. Lo cierto es que ya solo quedaban tres tazas de las doce que hubo en su día. Fueron de su abuela y, con esta, Ana ya sumaba en su haber por lo menos siete catástrofes taceras (que de las otras dos nunca hubo pruebas). Y es que Ana empezó muy joven en esto de romper las tazas de la abuela. Incluso Servando llegó a pensar que a su nieta la movía una mano oculta porque no era normal que la nena apareciera siempre en medio del desaguisado que precedía, invariablemente, al sacrificio de una taza. Y quien sabe; a lo mejor tenía razón. Algo debía haber, desde luego, porque la relación de Ana con las tazas estaba lejos de ser normal.

Pero la tarde se echaba encima. Era mediodía, Ana había dormido más de tres horas y probablemente aún seguiría dormida sino fuera por la caída accidental (?) del sofá. El tiempo había cambiado bruscamente; la mañana fresca y luminosa se había transformado en una tarde fría y gris que amagaba con ennegrecerse más y más en muy poco tiempo. Y además amenazaba lluvia y esto en los Mastines nunca se quedaba en simple bravata. Urgía buscar las aspirinas y hacer más té. Y había que volver al garaje y actuar deprisa, no había venido hasta aquí tan apresuradamente para pasar unos días de vacaciones. Luego llamaría a Carli; su inquietud por ella iba en aumento.

Las preocupaciones fueron el mejor remedio para el daño del brazo. Un cuarto de hora más tarde tan solo quedaba un ramalazo sordo y persistente. El té y la aspirina deberían hacer el resto aunque Ana sabía que según avanzara la tarde, ya con el frío más acentuado, el dolor seguramente volvería. Mientras masticaba dos pastillas llenó media taza que bebió de un solo sorbo y fue pensando como resolver el problema que aguardaba en el garaje.
El garaje de los Mastines es algo más que un lugar destinado a guardar el coche. Es una estancia diáfana de más de 200 metros cuadrados con dos grandes puertas y varias ventanas enrejadas que se abren a la explanada. Antes que garaje fue taller, leñera y cuarto de máquinas para el dispositivo de la calefacción, el depósito de gasoil y los cuadros eléctricos... Su abuelo trabajaba aquí y todo continua tal y como él lo dejó antes de morir. También hay un gran banco de carpintero, tres bicicletas y dos enormes congeladores de arcón, ahora vacíos, que en tiempos servían para acumular los víveres que Servando compraba en grandes cantidades.

La última casilla VII (cuento)

XI

Servando se instaló en los Mastines cuando tuvo la plena seguridad de dejar el monte sin temor a represalias. Los Beatles ya habían visitado la Monumental y los tiempos parecían otros. Dejó el monte y se instaló en la única casa que aún mantenía el tejado en condiciones. No quiso volver a Caralta. Hubiera sido muy duro porque su mujer, sus dos hijos y todos sus amigos descansaban desde hacía tiempo bajo una lápida. O en la cuneta del cementerio. Tan solo le quedaba una hija, Libertad, que con poco más de dos años sobrevivió milagrosamente al hospicio para los hijos de los rojos. Sus hermanos mayores no tuvieron tanta suerte. Desprecio, hambre y tisis a partes iguales. Esta niña sería la madre de Ana.

Con el paso de los años Servando fue restaurando la casa y hasta la vieja almazara volvió a funcionar, como en los buenos tiempos. Alguien le había dicho que pasados treinta años de posesión interrumpida de la casa y aledaños, podía reclamar legítimamente la propiedad y registrarla. Y eso es lo que hizo llegado el momento. Pero una mañana de enero Servando no se despertó. Antonia, la mujer que cada viernes le visitaba con una furgoneta para recoger sus quesos artesanos lo encontró en la cama, como si se acabara de acostar. Los quesos de Servando eran muy celebrados en el mercado de los sábados, pero esta no fue la razón por la que los caralteños le rindieron un emotivo homenaje. Hoy, Servando yace enterrado en un panteón sufragado por el Concejo, erigido, precisamente, en el centro del cementerio de Caralta. Y no está solo; los hombres y mujeres masacrados cuarenta y ocho años antes le hacen compañía. Y aquí abundan siempre las flores frescas aunque nadie tiene encargo alguno de mantenerlo así.

XII

De vuelta a casa tras la improvisada excursión nocturna y el asombroso testimonio de facultades físicas, Carli no tuvo valor para entrar y prefirió quedarse en el quicio de la puerta del jardín esperando que su compañera se adelantara y comprobara cómo estaban las cosas. Ana entró de puntillas y asomó temerosamente la cabeza por la puerta de la cocina para encontrarse a Jordi totalmente inmóvil, tumbado boca arriba. El globo ocular desencajado estaba ahora totalmente desprendido de su órbita y colgaba un par de centímetros por la sien. Por lo demás el rictus monstruoso que antes las había espantado había dado paso a un semblante algo más relajado y menos grotesco. La cabeza descansaba sobre los huesos quebrantados de la nuca, rodeada por un charco redondo de sangre negruzca que evocaba un aura de siniestra santidad. La bandeja y los preparativos cafeteros yacían escampados por el suelo. Las tazas hechas añicos; lo demás milagrosamente en condiciones. Y la lengua al fondo, junto a una cucharilla de alpaca. Ana entró con especial cuidado de no pisar el charco y las salpicaduras sangre, y se acercó a Jordi para observalo más de cerca. No respiraba. Estaba muerto. Extrañamente tranquila se levantó y fue a buscar a Carli, que todavía no se atrevía a entrar.
- Nada. Creo que está muerto. Anda, entra.
Carli lloraba en silencio, Ana la abrazó besándola en la frente y la cogió dulcemente de la mano para arrastrarla muy, muy lentamente, hasta la cocina. Al llegar a la puerta se detuvieron para observar la catástrofe durante unos minutos, abrazadas. Ahora lloraban la dos. Continuaron así durante un rato hasta que Carli se calló de repente y apretó con fuerza sus brazos entorno a Ana. ¿Se había movido?
- Creo que ese cabrón se ha movido, Ana.
- No puede ser, está muerto, replicó Ana girándose hacia Jordi.
- Lo he visto, te lo juro. ¡Se ha movido!
Ana se adelantó decidida y arrodillándose junto a Jordi pegó el oído a su pecho. ― Créeme, está...¡Dios..., todavía respira!¾ gritó, dando un respingo hacia atrás para levantarse a continuación como si le hubieran aplicado una descarga eléctrica en la rabadilla. El pánico se apoderó de Carli, que se derrumbó allí mismo, en el pasillo, faltada de aire, con las manos sobre la cara. Ana tampoco pudo evitar el susto pero supo controlar los nervios y se quedó mirando a Jordi a una prudente distancia, de pie sobre los goteos de sangre, de café o de lo que fuera, que salpicaban el suelo de la entrada a la cocina. Sí, continuaba vivo pero en ese estado no era ninguna amenaza y decidió consolar a Carli. Más tarde ya pensaría qué hacer.

XIII

Ana había llevado a Carli hasta el salón donde poco a poco fue recobrando el aliento tumbada sobre la alfombra con las piernas en alto, apoyadas en un sillón. Casi a las tres de la madrugada, cuando Carli dio muestra de los primeros síntomas de recuperación Ana se puso manos a la obra. Cuidando de su compañera había tenido tiempo para pensar. Quizá lo mejor fuera deshacerse de Jordi y olvidarse para siempre del asunto, pero ¿cómo? Jordi estaba solo, y era un tipo problemático. Hacía tiempo que perdió su trabajo y desde entonces vivía de un subsidio de desempleo. Después de todo Jordi no era más que un borracho que malvive en una pensión del centro. Regresó a la cocina y lo primero que hizo fue recoger la bandeja, las cucharillas, los sobres de azúcar y lo que quedaba entero del servicio de café; luego hizo lo propio con los restos de las tazas y fregó y secó las salpicaduras periféricas de sangre y café hasta dejar limpia la cocina alrededor de Jordi. Después empujó su cuerpo hasta girarlo sobre su lado izquierdo y con una gran esponja de baño enjugó la sangre que había debajo. Y volvió a limpiar y secar el suelo otra vez. Al acabar fue por una manta, la dobló longitudinalmente por la mitad para extenderla a la espalda de Jordi desde la cabeza a los pies y empujó de nuevo su cuerpo para girarlo, ahora de izquierda a derecha, y hacerlo reposar sobre la manta. Y vuelta a enjugar y limpiar lo que quedaba.

Jordi permanecía totalmente inmóvil, inerme. Si aún no había muerto no tardaría mucho en hacerlo. Ana se sentó un instante para descansar y se quedó observándolo fijamente, con una mezcla de miedo y asco que empezaba a provocarle nauseas. Todo el valor, toda la sangre fría empleada hasta ese momento parecía que se evaporaban. Y no podía soportar verle la cara. Caviló un momento y tras algunas vacilaciones se levantó decidida y bajó al garaje a buscar unas bolsas de plástico y un trozo de cuerda de cáñamo que recordaba haber guardado hacía unas semanas. Subió con dos bolsas de basura grises y un rollo de cinta adhesiva para embalar y se arrodilló junto a Jordi. Quiso comprobar si todavía respiraba pero no supo cerciorarse; si había muerto o no poco importaba ahora. Le levantó la cabeza sujetándola por el pelo y la introdujo en una de las bolsas. Luego aseguró la boca de la bolsa alrededor del cuello con varias vueltas de cinta adhesiva y se incorporó para mirar el resultado. Bien; mucho mejor. Ahora había que sacarlo de casa y llevárselo de allí. Ana se tomó un momento de respiro para pensar. Recordó que tenía media botella de cabernet en la nevera y fue al salón por una copa. Desde el suelo Carli giró la cabeza para mirarla y sonrió; parecía bastante recuperada. De vuelta a la cocina se sirvió una copa y tras bebérsela de un trago resolvió llevar el cuerpo al garaje. Agarró fuertemente las puntas de la manta a la altura de los pies, luego giró en redondo para salir de la cocina y poco a poco fue arrastrando el cuerpo por el pasillo hasta dejarlo junto la puerta que conducía a la cochera.

Mientras tanto, Carli parecía haber recuperado el ánimo y al oír el trajín de Ana en el pasillo la llamó.
- Bueno, ¿cómo te encuentras?
- Mejor, ¿qué vamos a hacer ahora?
- No lo sé Carli, no lo sé. Estoy hecha un lío. He limpiado la cocina y he dejado el cuerpo junto a la puerta del garaje. Está muerto, puedes estar segura.
- Dios, ¡no sabes como lo siento Ana! Hay que llamar a la policía, ha sido un accidente.
- No seas estúpida. ¿Como justificarías lo que ha pasado? Como explicarás los tres golpes que le has arreado con la botella? No uno, ni dos... ¡Tres!
- Pero ha sido un accidente...
- Cuando a alguien la cae una maceta por la calle es un accidente, Carli, no cuando le machacan a uno con una botella de Chivas. ¿Lo entiendes, verdad? ¿Ves la diferencia?
- ¡Pero tu lo has visto! Él...
- Jordi no hacía nada fuera de lo normal. Siempre ha sido un bocazas y yo no me sentía amenazada en absoluto. ¿Qué le dirás al juez, que lo mataste porque gritaba? Verá, señor juez, le rompí la cabeza porque me llamó puta lesbiana... ¿No te advertí que te mantuvieras arriba? ¿Qué mierda hacías en el pasillo? ¡Maldita sea Carli, la has jodido! ¡La hemos jodido! ¿Y ahora qué?
- Tu has oído como me amenazaba... Lo has visto. Y nos acosaba, ¿ya no te acuerdas?
- ¡Por el amor de Dios! He visto a Jordi de rodillas, maldiciéndonos, sí, pero solo después de tu primer botellazo. Eso es lo que he visto. Pero, ¿qué te ha pasado, te has vuelto loca? ...Bueno, bueno, tranquilicémonos, no perdamos la calma. Ahora hay que mantener fría la cabeza

La última casilla VIII (cuento)

XIV

Ana acercó el coche al pozo tomándose el cuidado de situarlo de forma que el maletero estuviera lo más cerca posible de la boca pero, al abrirlo, el primer intento fue suficiente para comprobar que ella sola no podría manipular el cadáver de Jordi. Y menos aún sacarlo del maletero para lanzarlo al pozo. Se quedó mirando aquel bulto decepcionada, ¿cómo había pasado por alto algo tan evidente? Casi noventa kilos de humanidad inerme envueltos en dos mantas que ahora parecían novecientos. Demasiados para sus cincuenta y ocho. Además, el cuerpo de Jordi ya no era tan flexible como hacía unas horas: estaba hecho un cuatro, con los brazos cruzados sobre el pecho sujetos con vueltas y más vueltas de cinta de embalar, y con los pies ligados de la misma manera. Para acabarlo de rematar la abertura del maletero es más bien estrecha y sacarlo sin ayuda era una tarea imposible. Había que volver al garaje y encontrar una solución.
Sentada en un banco de madera y con el llanto de la desesperación a punto de estallar Ana clamaba por su mala suerte. Pero no hubo lugar para el llanto porque al levantar la vista se fijó en el techo para redescubrir el viejo riel de hierro que lo recorría de punta a punta, y las poleas móviles que su abuelo hacía servir para levantar grandes pesos y manejarlos en su taller. Servando le ofrecía la solución, como siempre. Solo tenía que procurarse la cuerda necesaria y hacerla pasar al menos por... «...dos poleas. No; creo que como mínimo harán falta tres». El adolescente que se aplica en física no se arrepiente nunca.

«Supongo que veinte metros serán suficientes. Puede que alguno más. ¿Y de dónde saco yo veinte metros de cuerda lo bastante resistente?» Ana ojeaba alrededor impaciente por encontrar una cuerda entre el millón de trastos que colgaban de las paredes, inmóviles y polvorientos después de tantos años. «¿Dónde encuentro yo... »
Qué pregunta Ana, ¿es que has olvidado que te encuentras en el taller de tu abuelo? Pues en aquel rincón, mujer, junto a aquella manguera enroscada, justo al lado de la bobina de madera que recoge la cadena. ¿Los ves? son varios rollos de cuerda de distinto grosor, apilados uno sobre otro. Y hay más de veinte metros de la que necesitas, seguro. Únicamente falta que sepas hacer pasar la cuerda por las poleas.

Al localizar las cuerdas a Ana le vino a la mente la imagen de su abuelo, un hombre alto, fuerte y enjuto, y listo como el hambre. «¿Qué haría él en esta
situación?» Y sin dar tiempo a responderse ya había desenrollado la cuerda y trepado como una gata por una escalera de mano para encajarla en las poleas, dos en el techo y la tercera acoplada en el borne metálico que a tal efecto dispuso Servando en su propio banco de trabajo, cerca de un motor eléctrico que al girar transmite el movimiento de rotación a un torno que a su vez, sirve de anclaje al cabo de cuerda y sostén de la misma. Solo cabía acercar en la medida de lo posible la boca del maletero al banco, atar firmemente la sirga a la cintura de Jordi y tirar a mano o con el auxilio del motor hasta tenerlo suspendido. A partir de ahí, todo lo demás vendría por añadidura y Jordi, por fin, podría descansar en el pozo. Dios mediante y el carretón de la leña, por supuesto.

XV

Extenuada, Ana miró su reloj y comprobó que era mucho más temprano de lo que pensaba. Y es que era noche cerrada a pesar de ser solo poco más de las seis de la tarde, algo sorprendente cuando en esta época del año no oscurece hasta cerca de las ocho. Empezaba a llover con fuerza y Ana tuvo el tiempo justo de asegurar la plancha que cubre el pozo antes de volver corriendo a casa. Hacía rato que no dejaba de pensar en coger el sofá. Ahora comenzaba a tomar consciencia del enorme esfuerzo físico que había realizado a lo largo de todo el día. Y durante toda la noche. Entró, dio dos vueltas al cerrojo de la puerta y se sacudió el agua del cabello mientras caminaba pesadamente hacia la cocina. Ansiaba tomar un vaso de leche caliente y reparadora pero al abrir el frigorífico recibió una bofetada inesperada al comprobar que estaba totalmente vacío. Más dolida que frustrada, Ana cerró secamente la puerta de la nevera y se dejó caer en una silla de enea sollozando como una niña, maldiciendo de nuevo su suerte. Vaya mierda de día, sollozaba. Fue la antesala de una llantera desconsolada, intensa, amarga. Qué mierda de día, gritó una y otra vez, observando sus manos con una tristeza que jamás había experimentado. Nunca se había sentido tan sola. Ni tan miserable. Ni tan sucia. Sus manos estaban tiznadas de óxido rojizo y sus uñas rotas o resquebrajadas, ennegrecidas casi todas. Y aquella sensación de estar ida...; y la lagartija, otra vez la lagartija... En su mente bullían en conflicto mil sentimientos: ira, rabia, miedo, dolor, sobretodo desconsuelo... Y ahora, además, hambre. Al recordar que apenas había comido nada desde ayer la llorera se hizo más dolorosa y vehemente. El ánimo se derrumba más fácilmente con el estómago vacío ¿verdad?. Qué congoja, qué desolación, qué soledad tan asquerosa. Asco, sí; era asco lo que sentía. Si Servando estuviera allí la sentaría sobre sus rodillas y la consolaría. La mimaría. Y Carli; si Carli estuviera allí para abrazarla...

Un poco de agua fría para refrescar los ojos y algunos resoplidos fueron suficientes para devolverle una mínima entereza. Era té o nada, que desconsuelo. Si pudiera, vomitaría.
Camino del salón té en mano, Ana recordó su último incidente con las tazas de la abuela y de inmediato descartó la idea del sofá por la más seductora de una cama. Y escalera arriba, con la mente puesta en su cama se dirigió al que había sido su dormitorio para encontrarse, tras abrir la puerta, con una habitación desconocida. Si; eran los mismos muebles de pino, los mismos pósteres de David Bowie, ahora amarillentos, su vieja Olivetti eléctrica, la colcha de flores psicodélicas... Aquella era la habitación de una adolescente, la habitación de la casa del abuelo para las vacaciones de verano, pero no la suya. Sonrió y sin asomo de nostalgia dio un portazo se fue directamente a la habitación de su madre, justo al otro lado del pasillo. Una vez allí y gracias al hilito de consciencia que todavía le quedaba, acertó a encomendar la taza de té a la mesita de noche antes de derrumbarse sobre la cama para sucumbir instantáneamente al mazazo del sueño.

XVI

La preocupación puso a Ana al borde del ataque de ansiedad. Y no podía hacer nada para frenar la impaciencia, esa horrible sensación de intranquilidad que no cesaba de crecer desde que un sobresalto la desveló un rato antes. Eran más de las diez y convenía volver inmediatamente. Había que despabilar porque mañana debía abrir la tienda a las ocho, como todos los días. Tenía que darse prisa. Lo primero, poner algo de orden en la habitación donde había dormido y lavar los trastos que fue usando a lo largo del día. Luego recoger apresuradamente sus cosas e ir al garaje con el tiempo justo de quitar la cuerda de las poleas y enrollarla. Carli seguía sin responder a sus llamadas. No había manera; había dejado tres mensajes diferentes en el buzón de voz del teléfono de casa y no daba señales de vida. Y debía tener el teléfono personal desconectado o fuera de cobertura. Ana repitió la llamada una y mil veces antes de coger el coche para iniciar el viaje de regreso. Siempre sin resultado. Y mil intentos más a lo largo del camino con idéntica consecuencia. Maldita sea, ¿dónde estás?

Ya es medianoche en la estación de servicio. Reina el mismo vacío de esta mañana; también en la cafetería, donde la misma mujer desganada permanece tras la barra, ahora con la atención puesta en una pantalla enorme y sus crónicas marcianas. Ana esta cenando; ha pedido un consomé y un plato combinado de pescado y le han servido una taza de caldo de bric y dos trozos de merluza rebozada acompañada de champiñones y ensalada rusa. Come muy rápido con los ojos puestos en el teléfono; lo ha dejado a la vista para responder inmediatamente, si es que suena. «Carli no contesta a mis llamadas ni llama, y eso no es normal. Quizá le ha pasado algo. A lo mejor ha vuelto a encontrarse mal y ha tenido que ir a urgencias. Claro. Fui estúpida dejándola sola; en su estado emocional nunca debí dejarla sola. Pobre Carli, lo ha pasado muy mal, ha sufrido demasiado. Y jamás tuvo suerte; su vida no ha sido un camino de rosas, precisamente». Son las dos de la madrugada del lunes y Ana ha llegado a casa después de más de tres largas horas de trayecto. «Joder, su coche no está en el garaje. Y ella tampoco estará en casa, claro». Ana no se equivocaba, Carli se había marchado. Apenas una hora después de que ella misma partiera hacia los Mastines con Jordi en el maletero Carli se apresuró a llenar una maleta con cuatro cosas y se largó. Tras ella dejó sus libros, su ropa, sus champús y su desorden. Y el timbre de la puerta. El juego de la oca. Tira Ana, te toca.

miércoles, 16 de mayo de 2007

Días de cerveza y rosas (cuento)

«Hace varios días que me encuentro mal, muy mal, y no parece que esto vaya a mejorar mucho. Hay momentos en que mi cabeza está a punto de explotar, y no hay manera de poder dormir más de dos horas seguidas. Hoy, lejos de aminorar, las cosquillas del estómago son cada vez más intensas y desagradables… Si no salgo pronto de aquí acabaré vomitando». Un Jordi al borde del ataque de diarrea observaba a aquella chica con el gesto torcido y la mirada perdida. Llevaba sólo unos minutos en la floristería y sin embargo se sentía como si hubiera nacido allí. Los dedos se le hacían huéspedes y no sabía qué hacer con la tarjeta de crédito en las manos mientras la dependienta se esmeraba en adornar un ramo de rosas y lo acondicionaba para regalo. Su impaciencia por salir de allí le agobiaba, le hacía sudar.

«Cuanta parsimonia, joder… No tuve la menor duda. Fue verlas y quererlas. Esas rosas rojas enamoran a primera vista; espero que Teresa piense lo mismo. Son colombianas, según la florista. Y yo diría… Sí, diría estas flores que parecen más grandes de lo corriente… ¿Y no serán demasiadas, dos docenas…? En fin, tratándose de flores siempre será mejor que sobren a que falten, pienso yo… Son hermosas sí, pero también es verdad que carecen absolutamente de aroma; no he encontrado rastro alguno de perfume en ellas, y resulta triste… ¿Por qué no se le habrá ocurrido a nadie inventar una esencia que pueda vaporizarse sobre las flores justo antes de ser entregadas al comprador? Esencia de narcisos a los narcisos, y a las azucenas esencia de azucenas…, y a los tulipanes, y a las orquídeas... Y a las rosas esencia de rosas, por supuesto. Míralas…, aterciopeladas, majestuosas, y a pesar de todo todas sin alma. Hay algo preocupante en todo esto, sí. Los perfumes en las perfumerías, atrapados en minúsculos frasquitos como el genio de la lámpara. Mientras, las flores resisten como pueden, huérfanas de fragancia, empeñando toda su energía en ser hermosas, sólo hermosas. Resulta paradójico y terrible al mismo tiempo… Cómo esta chica no acabe pronto me largaré; necesito que me dé el aire, y quiero tomar algo fresco… No sé que tienen estos tiempos que todo el mundo se ha acostumbrado a conformarse con muy poco. Con casi nada, a decir verdad. Y a nadie perece importarle. Es suficiente con reparar en la simple apariencia de las cosas para juzgar la bondad o no de lo que se nos ofrece. ¿Es bonito? pues me vale. Y es una pena. Las flores, la fruta..., la gente. Sí, sobre todo la gente… Recuerdo, cuando niño, que las rosas, todas las rosas, dejaban sentir su perfume y su presencia allí donde estuvieran; en el jardín, en un simple jarrón…»

―Bueno, ¡ya está! ¿Qué le parece el bouquet? Le he puesto cintas doradas porque van muy bien con los verdes naturales y el tul lila. Y con el rojo intenso de las rosas, claro está. Tenga cuidado con el fondo del embalaje; es de cartón reciclado y tiende a humedecerse con cierta facilidad. Manténgalo un poco inclinado. Así, muy bien. Bueno, serán 60 euros.
―Sí; es muy bonito, la verdad, aunque es más grande y pesa más de lo que imaginaba. Será mejor que ustedes mismos se encarguen de hacerlo llegar a su destinataria, ¿habrá algún problema?
―Por supuesto que no, aunque el precio se incrementará en seis euros.
―Muy bien. Déjeme escribir la dirección en la tarjeta; es muy cerca de aquí.

Al salir de la floristería, Jordi cogió Rambla arriba y se encaminó con paso ligero hacia el puente de San Agustín. Sin embargo, al llegar a la Plaça de la Independència, giró en redondo y volviendo por donde vino, ahora más tranquilo, se adentró de nuevo en el Barri Vell. Callejeó durante un buen rato sin rumbo, sin ideas y sin prisa; carrer de la Força, vacío y húmedo como el propio Jordi. Plaça de la Catedral, un millón de escalones arriba hasta la Plaça dels lledoners. Un minuto para respirar y abajo de nuevo hasta acabar en Pou Rodó, y vuelta al río. Pont nou, la madera mojada y Passeig de Cànoves: el penetrante aroma de los tilos lo sacó del estupor vaporoso y muelle en el que estaba sumido desde buena mañana. «Vaya, menos mal, no todas las flores han perdido la fragancia. Uf, no hace ni veinte minutos que doy vueltas y tengo la impresión de levar caminando toda la eternidad. ¿Habrá recibido ya las rosas? A lo mejor todavía es algo pronto. Aquella chica estaba sola en la floristería, no había nadie más y no creo que ella… Tendrán un repartidor, supongo… Creo que me quedaré un rato en el Royal; son más de las once.»

«El tiempo corre que vuela; hace casi una hora que estoy aquí y apenas he hecho nada que no sea fijar la vista en el caprichoso baile de burbujas de mi jarra de cerveza. Resulta hipnotizador. Me atonta. Y tenía razón la camarera. ¡Joder, qué calor hace aquí dentro! Debería haber seguido su consejo; estaría mucho mejor en una mesa de la terraza... ¿Cómo estará Teresa…? Hace ya tanto tiempo que no la veo... Recuerdo que su debilidad eran las rosas. Le encantaban. Espero que estas sean de su agrado... Si lo pienso, en el fondo no sé qué estoy esperando. Lo peor, lo jodido es que no puedo evitar que pasen por mi cabeza esas putas imágenes de los últimos momentos que pasé con Cancedo. Son como…, como recortes de mi vida que se presentan en un flash tras otro. Van y vienen, surgen tozudamente, como fogonazos irritantes. Dios, otra vez el estómago… Aunque, quien sabe..., es posible que tampoco es eso. ¡Vete tú a saber...! A lo mejor lo que me provoca esta sensación de ansiedad es la expectativa de incertidumbre, de vacío. …Oye, ponme otra caña cuando puedas, por favor. ¡Ah, y estaré en la terraza...! Esto es una mierda.»

Jordi salió del Royal y se instaló en una mesa protegida del sol por uno de los pilares de la plaza. Desde allí podía observar a la gente que compraba el periódico en el quiosco, a los repartidores de bebidas descargando cajas en los muchos cafés que se refugian en los porches, a los grupitos de mujeres que pasaban la mañana de compras… Pero en realidad no tenía ojos para nadie. Su estomago se encogía por momentos y su mente se aceleraba, se dividía. Hacía rato que Jordi no dejaba de dialogar calladamente consigo mismo, en apasionado debate con su propia su sombra. Ahora, sin embargo, empezaba a gesticular con las manos, a mover la cabeza y acompañar las frases con los labios. «Cancedo, ya lo sabes, ¿verdad? es el jodido marido de Teresa. Bueno, su pareja. No, no: su ex-pareja. Y también el director-gerente y máximo accionista de Mamunia S.A., el negocio que fundó mi padre en los años sesenta. Pobre papá, ¿te acuerdas? Cuando se jubiló hacía ya tiempo que había perdido toda capacidad de decisión en los asuntos de la empresa. Él, que la creó y la hizo grande. El paso de sociedad de responsabilidad limitada a sociedad anónima tuvo la culpa. Sin embargo mi padre la achacaba a dos socios traidores que vendieron a quien no debían. Y tenía razón. ¡Claro que tenía razón! Murió sólo un año más tarde. Menudo hijo de puta, ese Cancedo. De empleado de confianza pasó a accionista mayoritario al tiempo yo hacía el camino inverso y de heredero in pectore descendía a la simple condición de empleado. Así, de un día para otro. Veintiséis años tenía entonces y apenas hacía dos que Teresa y yo nos habíamos casado».

«Sí; estuvimos casados otros tres años, ¿recuerdas? ¿Te acuerdas? ¡Tres, sí! Hasta que ella solicitó el divorcio para regularizar su situación con Cancedo, con quién ya hacia dos que convivía. Una regularización que por otro lado jamás llegó a producirse porque Cancedo, aunque se lo había prometido un millón de veces, nunca se divorció de Julia, una prima lejana de Teresa que por entonces también trabajaba para Mamunia. Y un divorcio y medio no hacen ecuación de la que pueda resultar un nuevo matrimonio, ¿verdad?»

«Lo de Cancedo y Teresa ha durado demasiado. Cuatro largos años ha necesitado Teresa para darse cuenta de que ese tipo es un gilipollas. Cuando me abandonó para irse a vivir con él me dijo: “Jordi, eres un cretino”. No, Teresa, no te equivoques. El cretino es él, créeme, le respondí. Pero me ignoró por completo. Hacía ya mucho tiempo que yo era invisible para ella. Jordi, eres un cretino de carreras, insistió de nuevo rompiendo el silencio glacial que acompañó nuestros últimos instantes, antes de cerrar la puerta y marcharse para siempre».

«Pero ahora Teresa ha comprendido que yo tenía razón. Antesdeayer, en cuanto supe que ella lo había dejado no perdí un segundo en llamarla. Me sentía raro, excitado. No sabía si felicitarla o consolarla. Menos mal que no cogió el teléfono porque no hubiera sabido qué decirle. Pero me habría conformado con oír su voz. Me hubiera gustado».

«Menudo cabrón, ese Cancedo. Cuanto tiempo de silencio forzado, de sometimiento, de tortura. Haciendo buena cara por los pasillos de la oficina; cara de hombre civilizado, comprensivo. Pero, ¡Dios! Mi satisfacción fue tanta cuando supe que Teresa lo había abandonado que no pude contenerme más y me lancé. Dos dobles de coñac y entré en su despacho y se lo solté de golpe, a bocajarro. Bueno, en el despacho de mi padre. En el que fuera de mi padre, mejor dicho. ¡Eres un cabrón Cancedo, y te lo mereces! ¡No sabes cómo me alegro de que Teresa te haya dado por fin la patada! ¿Y qué…? ¿Donde te la ha dado…? ¿Ha sido en los huevos? ¿A qué duele? ¡Ahora sabes como me sentí cuando me la robaste, hijo de puta! ¿Es que no tuviste bastante con quitarme la empresa? ¿Con quitársela a mi padre...?»

«¡Joder, cómo me quedé! Fueron apenas tres o cuatro minutos pero me supieron a gloria. Los mejores de mi vida, desde luego. ¿Y el desgraciado de Cancedo? Se mantuvo en silencio mientras yo le cantaba las cuarenta, reclinado en su cómodo sillón de piel mirándome con su cara de perro viejo, impertérrito ante mis gritos. Pero la procesión iba por dentro, ¡ya lo creo que sí! Sólo cuando ya me había desahogado se atrevió ese mamón a abrir la boca. Todavía resuenan en mi cabeza sus palabras… Jordi, siempre supe que eras un pobre desgraciado y por eso te he tratado con benevolencia a lo largo de todos estos años, pero esto es demasiado. Tú sabes, y de sobra, que han sido muchas las veces que he tenido que sacarte las castañas de fuego ante el Consejo, y que he tenido un sinfín de problemas por ello. Y también sabes que a pesar de tu incompetencia te he mantenido en la empresa únicamente por el respeto que me merece la memoria de tu padre. Pero se acabó. No te aguanto más; estás despedido, ¡largo de aquí!»

«Largo de aquiií, ¡laaargo! Pero, ¿qué coño su ha creído ese cabronazo? Estoy mejor así. Mucho mejor. En el fondo me ha hecho un favor. Ahora, sin la losa que me aplastaba por fin podré trabajar en lo que de verdad me gusta. Me siento libre, y feliz, y me siento así por primera vez en muchos años… Joder, pienso en Teresa y mi corazón se acelera, ¿habrá recibido ya las flores?» Oye, ponme otra, por favor. Gracias. ¡Mierda, pero si es mi teléfono! Todos suenan igual… ¿Sí, hola?

―Hola Jordi.
―¿Teresa…? Hola, ¿cómo estás? Cómo me alegro de oírte, ¿has recibido ya las rosas?
―Escucha Jordi... Sí, sí, las he recibido. Unas rosas muy bonitas. Pero… Oye, ¿qué te pasa? ¿Te encuentras bien? Andrés (Cancedo) me explicó lo de hace dos días. Me ha dicho que tuvo que despedirte; que te habías vuelto loco y no le dejaste más alternativa. Y ahora lo de las flores... ¿De verdad te encuentras bien?
―Nunca estuve mejor, Teresa. Créeme. Hacía mucho tiempo que deseaba hacerlo. ¡No te imaginas cuanto! Sólo me faltaba un pequeño estímulo, ese empujón que fue saber que por fin te habías decidido a enviarlo a la mierda. ¿Sabes? Siempre supe que acabaríais así, y no lo digo por ti sino por el gilipollas de Cancedo. Debe haber sido muy duro, ¿verdad? Ahora, imagino que te encontrarás un poco aturdida. Ese tipo de cosas afectan quieras o no; ya sabes. Es normal. Pero no debes preocuparte porque puedes contar conmigo para lo que necesites, sin condiciones...
―Oye, oye... ¡Jordi! Escucha Jordi, pero.., ¿qué estás diciendo? ¿Quién te ha dicho que Andrés y yo hemos roto? ¿De donde lo has sacado?
―Pues..., fue Julia. Me llamó el otro día al despacho para darme personalmente un presupuesto que días antes había solicitado en una de sus tiendas. Una sorpresa que ella se encargara precisamente de mi asunto, de algo tan banal como el tapizado de un sofá. Pero así fue. Aprovechamos el momento para recordar los viejos tiempos y así, casi por casualidad, me dijo que habías dejado a Cancedo una semana antes. ¡Joder; no te puedes imaginar lo que pasó en ese momento por mi cabeza...!
―Jordi, ¿quieres parar, por favor? ¿Recuerdas lo que te dije cuando nos separamos? ¿Te acuerdas, verdad? Eres un cretino, Jordi. No has cambiado en absoluto. Continúas siendo un pobre imbécil. El campeón de los imbéciles. Un momento Andrés, ya voy…, estoy hablando con una amiga. ¡Ahora bajo! Oye Jordi, Andrés y yo nos casaremos el mes que viene. Él y Julia se divorciaron hace algo más de seis meses… Por cierto, ¿quieres que le envíe tus rosas a Julia? Creo que ella sí que se las ha ganado. Y con creces, ¿no crees?
―...

domingo, 6 de mayo de 2007

El accidente (cuento)

Conocí a alguien a quien todos creían afortunado por tener cuatro amantes, cuatro. Contrariamente a lo que suele ocurrir en estos casos cada una de sus mujeres era muy diferente de las otras. Mucho. Por edad, apariencia física, nivel cultural..., y también, puestos a decirlo, en cuanto a habilidad y complejidades amatorias. Cada mujer, al fin, era un mundo abierto por donde mi amigo vagaba a su antojo descubriendo sorprendentes paisajes, degustando aromas…, haciendo, mágico entre los magos, que el tiempo se manifestara generoso y dócil siguiendo fielmente el impulso de las emociones, de los deseos. Incluso de los más sutiles y livianos. No había sensación que desconociera ni experiencia que le fuere ajena; mi afortunado amigo disfrutaba de una prodigiosa alfombra persa que le conducía, apenas sin esfuerzo, por los mejores barrios de la vida en una descubierta que parecía no tener fin. Mi amigo era un personaje providencial envidiado por los hombres y admirado por las mujeres. Hasta que llegó un día, y luego otro, y otro... y todas le dejaron, y su vida se convirtió en una sucesión de despropósitos. De repente se descubrió incapaz de llenar una simple taza con su tiempo, de leer la página de un libro, de inspirar un mínimo sentimiento que no fuera de piedad o lástima. Y no se gustó. Después de unos meses sin noticia alguna sobre él, un amigo común me explicó que en su desesperación fue tanto lo que decayó su figura que al final desapareció engullido por el desagüe de la bañera. Aunque otros dicen que se lo comió una gata. Lo cierto es que nada se ha sabido de él desde hace más de un año. La de mi amigo no fue vida sino mero accidente en la vida de cuatro mujeres, y cuando pienso en él no puedo evitar que mi pensamiento gire hacia ellas sin remedio. Aún me pregunto qué pudo ocurrir en realidad.

Creo que la más joven de sus amantes se llamaba Desirée. Me acuerdo perfectamente de su aspecto. Era una mujer hermosa hasta la ofensa y, lo mejor de todo, un libro por escribir. Llamaba la atención su mirada clara, celeste, inquisidora, y de su boca, grande, cuarto creciente desvanecido, tan solo salían preguntas cuyas respuestas, cuando las había, generaban más y más preguntas. Incertidumbre insaciable la suya, manos torpes de nácar, cuerpo de seda. Desirée podía despertar la lívido de un muerto tan solo con su voz, pero carecía de la mínima habilidad y, por lo demás, su interés en ese campo era del todo irrelevante. Podía decirse que aquella mujer era caolín en estado puro, el juguete preferido para un niño con imaginación, esa cerveza helada en la barra mientras esperas a quién no acaba de llegar. Pero con el tiempo Desirée acabó por irse. Pasó de la admiración al aburrimiento como saltamos de domingo a lunes porque una noche blanca descubrió que en sus páginas no había más que garabatos y, después de todo, ella se bastaba sola para plantear el problema adecuado a cada solución. Todo lo demás era superfluo, innecesario. Fue al cabo de un tiempo; Desirée se perdió y nunca más se encontró.

Al pensar en Edén me invade un sentimiento confuso, de asombro tal vez. Por la expresión de sus ojos aquella mujer podría pasar por un ser fantástico, quizá por una de esas brujas hermosas y seductoras tan alejadas de aquellos personajes terribles que nutren la iconografía infantil, Dios sabrá porqué. Edén, cincuenta esplendorosos otoños más o menos. Alta, tan pálida como la luna y el cabello rojizo, largo y ondulado, cuidadosamente desaliñado, Edén puede hechizar a cualquiera. O sumirlo, a su antojo, en la desesperación más absoluta. La miel en su mirada dice tantas cosas que apenas necesita hablar. Y es mejor así porque cuando habla te deja sin palabras. Tan sólo puedes mirarla. Y si no lo remedias a tiempo acabas pareciendo un pobre idiota balbuceando en la intimidad de tus pensamientos. Menos mal que ella lo sabe y acude siempre al rescate. Bueno; casi siempre. Recuerdo que sus maneras y la cadencia de sus movimientos te hacían ver al instante que estabas ante una mujer excepcional, única. La abeja reina. Resultaba verdaderamente difícil creer que Edén pudiera ser la amante de alguien, incluso de alguien tocado por el dedo de la providencia, como era el caso de mi amigo. Pero lo cierto es que así fue, al menos hasta que Edén decidió ser desdén y miró hacia otro lado. Entonces esa parcela de la vida de mi amigo se oscureció.

Irene, la tercera, tenía treinta y pocos años y parecía ciertamente enamorada. Mujer interesante, compleja. Mi amigo, gran conocedor del mundo del vino y muy inclinado a la metáfora fácil, a menudo la definía asemejándola a un gran reserva: "carnosa, envolvente, elegante, con un fondo balsámico que le confiere frescor, y un final de boca largo". Escuchándolo era fácil imaginarse una sonriente Irene mirándote desnuda desde el fondo de una copa grande y delicada, cristalina, de largo y afinado pié, de esas que permiten disfrutar del placer de un excelente vino. Pero al segundo despertabas; y es que el rastro de un vino en copa siempre resultará más prolongado que la fugacidad de un sueño, por embriagador que pueda ser. Pero, claro, Irene era algo más que la metáfora de un buen vino, bastante más que eso. Era una mujer casada. Y atormentada. Mi amigo se fijó en ella una mañana de invierno en el Parque del Este. Irene leía un libro sentada en uno de los bancos individuales que hay junto a la pérgola; las piernas cruzadas, el cabello castaño claro recogido atrás y unas gafas estrechas de concha que a pesar de todo no podían ocultar unos luminosos ojos verdes. Era lo que parecía. Él paseaba el perro de Edén mientras ella aprovechaba un día soleado para tomar el aire. Era su costumbre. Mi amigo sacaba el chucho hiciera sol o diluviara. Era la suya. Ese día ambos coincidieron y el perro se bastó para hacer el resto. Casi nueve meses en el jardín del edén. Hasta que el fantasma de la culpa pudo más y dejó las cosas en su sitio. Un parto verdaderamente doloroso.

Pero la más sorprendente de todas quizá fuera Lola. En los cuarenta, directora ejecutiva del Santander, el cabello negro azulado y unos ojos castaños tan grandes como penetrantes. Cerebro y curvas por igual, y aunque todo el mundo sabe que no es conveniente dejarse llevar por las apariencias lo cierto es que la exuberancia curvilínea de Lola saltaba a la vista mucho antes que lo primero, algo que solía inducir a confusión a los individuos más inclinados a la acción que a la reflexión. ¡Pobres capullos! Todo un carácter. Se podía decir que Lola no mantenía una relación con mi amigo: la gestionaba. Qué digo, la explotaba en busca del máximo beneficio. Aquella mujer sabía manejar las cosas con una seguridad aplastante: en el despacho, en la mesa..., en la cama. Una experta en cualquier materia: la jefa. Comía y bebía lo que le daba la gana y a pesar de los pesares su anatomía no sufría menoscabo alguno. Ni su privilegiado intelecto. Si aquello no se debía a un pacto con el diablo, ¿a qué diablos se debía? Fueron tantas las cosas que mi amigo aprendió a su lado que mejor será que nunca lo admita bajo pena de acabar pagando por los servicios prestados. Y es que esa mujer no desperdicia la mínima oportunidad de sacar una pasta. Después de un tiempo y una vez exprimido, Lola vio la oportunidad invertir en valores emergentes y mi amigo dejó de cotizar en bolsa. Todavía me asombra recordar como el pobre hizo mutis con la sonrisa en los labios a pesar de haber malbaratado más de la mitad de su renta en ella mientras duró su aventura. El diablo, evidentemente. Sí; quizá tengan razón los que dicen que a mi amigo se lo comió una gata.